Para mayor culto del oficio divino y servicio de Dios : las iglesias de los monasterios cistercienses de la Congregación de Castilla (siglos XV-XIX)

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Para mayor culto del oficio divino y servicio de Dios

Las iglesias de los monasterios cistercienses de la Congregación de Castilla (siglos XV-XIX) Antonio García Flores

Fotografía de cubierta: Sobrado. Interior del templo.

Para mayor culto del oficio divino y servicio de Dios

Las iglesias de los monasterios cistercienses de la Congregación de Castilla (siglos XV-XIX) Antonio García Flores

A la comunidad de Santa María de Huerta

© Antonio García Flores, 2014

Introducción Desde la segunda mitad del siglo XII, pero especialmente a partir de mediados del XIII, aquellos ideales originales que la Orden había luchado por mantener intactos y con rigor durante casi un siglo, comienzan a diluirse, coincidiendo con la aparición de nuevas formas de monacato más acordes con las necesidades de la sociedad del momento (dominicos y franciscanos). Ese decaimiento, sobre todo espiritual, provocó el descenso progresivo de las donaciones, lo cual incidiría de modo importante en el proceso de construcción de los distintos monasterios, que o no se terminaron o lo hicieron muy lentamente. Durante los siglos XIV y XV la situación de los monasterios cistercienses hispanos empeora debido principalmente a la encomienda de éstos en manos de clérigos y seglares, más preocupados por aumentar sus propias rentas que por el bienestar de las casas que estaban a su cargo1. Frente a este ambiente de crisis generalizada surgió la figura de Martín de Vargas, monje profeso del cenobio aragonés de Piedra2. Junto con otros doce monjes, decidió que había que acabar con una situación que ya se le escapaba de las manos al Capítulo General de Císter, y que había que emprender una reforma de la Orden3. En 1424 Vargas se dirigió a Roma a entrevistarse con Martín V, del cual había sido confesor y predicador. Tras referirle el bajo estado moral en que se encontraba el Cister hispano, mostró su propósito de vivir, junto con varios compañeros, en la observancia estricta de la Regla de San Benito según los usos cistercienses. El pontífice expidió el 24 de Noviembre de 1425 la bula Pia supplicum vota, por la cual le permitía erigir en el reino de Castilla dos eremitorios, es decir, monasterios, con sus iglesias y demás dependencias necesarias, o recibir otros ya construidos, en los cuales se había de observar estrictamente la Regla de San Benito4. 1

Acerca de la situación del Císter hispano en la Baja Edad Media, véanse entre otros, Herrera, L., ‘En torno a Martín de Vargas y la Congregación de Castilla’, Cistercium,140 (1975)283-287; Martín, E., Los Bernardos Españoles (Historia de la Congregación de Castilla de la Orden del Císter), Palencia (1953)15-16; Id., Historia de la orden del Císter, III:1198-1494: El segundo siglo cisterciense (1198-1303); La Orden al fin de la Edad Media (1303-1494), Monasterio de Santa María la Real de las Huelgas, Burgos (1989) 269-277; Pérez-Embid Wamba, J., El Císter en Castilla y León. Monacato y dominios rurales (siglos XII-XV), Junta de Castilla y León, Valladolid (1986) 666-671. 2 Sobre Martín de Vargas, vid., Yáñez Neira, D., ‘El monasterio de Montesión, cuna de la Congregación de Castilla’, Anales Toledanos, IX (1974) 204-213. También, Herrera, Historia de la orden, cit., 289-291 y 307-313, y del mismo autor, ‘Martín de Vargas, fundador de la Congregación de Castilla de la Orden del Císter’, Manuscrito en la biblioteca del Monasterio de San Isidro de Dueñas (Palencia). 3 Peña, B. de la, ‘Tratado de origen de la Orden del Cister y reformación que de ella se hizo en estos Reinos de Castilla’, Cistercium,179 (1989) 433-448; Estrada, L. de, ‘Exordio y Progresos de nuestra Regular Observancia en los Reynos de Castilla y León, y Reformación que con ella tiene en ellos la Religión, desde el principio de dicha observancia hasta el año de 1620’, mss., Madrid, Archivo Histórico Nacional –en adelante A.H.N-, Clero, libro 16.621 (1620); Suarez, B., ‘Exordio de la Observancia de la Religión de nuestro Padre San Bernardo, en los Reynos de Castilla y León’, mss., A.H.N., Clero, legajo 7.658(1656); Montalvo, B. de, Primera parte de la Corónica del Orden del Cister e Instituto de San Bernardo, Madrid (1602) 339-347; Manrique, A., Annales Cistercienses, vol 4., Lugduni (1659) 592 y ss.; Martín, Los Bernardos, cit., 1953; Yáñez Neira, ‘El monasterio de Montesión’, cit.; Id., ‘En el monasterio de Piedra se forjó la Congregación de Castilla’, Cuadernos de Historia Jerónimo Zurita, 27-28 (1974-1975) 153-172; Id., ‘Modalidades en la interpretación de la RB introducidas por fray Martín de Vargas en 1434’, en Studia Silensia VI (Hacia una relectura de la Regla de San Benito. XVII Semana de Estudios Monásticos. XV Centenario del nacimiento de San Benito, 140-1980), Abadía de Silos, Santo Domingo de Silos (1980) 423-440; Id., ‘Los primeros usos de la Congregación de Castilla’, Compostellanum, XXVI (1981) 83-133; Herrera, L., ‘En torno a Martín de Vargas y la Congregación de Castilla’, Cistercium,140 (1975) 283-313; Id., Historia de la orden, cit., 314-350; Pérez-Embid, El Císter en Castilla y León, cit., 656-717; García Flores, A., ‘Santa María de Valbuena (Valladolid) en el siglo XVI: proceso de transformación y ampliación del claustro medieval’, en Humanismo y Cister. Actas del I Congreso Nacional sobre Humanistas Españoles, ed. F.R. de Pascual, Universidad de León, Secretariado de Publicaciones, León (1996) 557-580; Id., Arquitectura de la Orden del Císter en la provincia de Valladolid, Junta de Castilla y León, Valladolid (2010) 50-53; Pascual, F.R. de, ‘La espiritualidad cisterciense en el siglo XVI’, en Humanismo y Cister, cit., 679-711, en concreto 690-694; Id.,‘Respuestas del Císter al Humanismo del siglo XVI’, en Cipriano de la Huerga: obras completas, dir. G. Morocho, vol. 9, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de León, León (1996) 287-400; Torné Cubells, J.,‘Martín de Vargas y las dificultades iniciales de la Congregación Cisterciense de Castilla’, en Humanismo y Cister, cit., 473-487; Rucquoi, A., ‘Les cisterciens dans la Peninsule Ibérique’, en Unanimité et diversité cisterciennes: filitions-réseuax-relectures du XIIe au XVIIe siècle. Actes du quatrième colloque du CERCOR, 23-25 septembre 1998, Publications de l’Université de Saint-Étienne (2000) 518-521; entre otros. 4 Una transcripción de la bula puede verse en Henríquez, C., Regula, Constitutiones, et Privilegia Ordinis Cisterciensis, item Congregationum Monasticarum et Militarumquae Cisterciense Institutum Observant, Antuerpiae(1630) 248-249; Martín, Los Bernardos, cit., 103-106; Pascual, F.R. de, ‘Bula de erección de la Congregación de Castilla y su ejecución’, Cistercium, núm. extra (2010) 207-223.

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El primer eremitorio, Montesión, se fundó ex novo a las afueras de la ciudad de Toledo. La autorización del arzobispo para proceder a la fundación se dio el 3 de Diciembre de 1426, celebrándose la ceremonia de colocación de la primera piedra el 21 de Enero de 1427, día de Santa Inés5. En 4 de marzo de 1430 Martín de Vargas pudo extender la reforma y fundar un segundo eremitorio, esta vez sobre un monasterio ya existente, Santa María de Valbuena6. A partir de entonces, Martín de Vargas puso toda su atención en afianzar y proseguir la reforma de la Orden en los reinos castellano-leoneses. Pero no será hasta finales del siglo cuando los distintos monasterios comiencen a incorporarse a la reforma (Sacramenia será el primero en 1481, Belmonte el último en 1559), surgiendo entonces una Congregación autónoma e independiente que recibiría el nombre de Congregación de Castilla o Regular Observancia de San Bernardo en España7. El nacimiento de la Congregación supuso una importante renovación espiritual y un creciente auge económico, favorecido por la eliminación de las encomiendas y el consiguiente saneamiento de las rentas y férreo control de las fuentes de ingreso, la sustitución del abadiato vitalicio por el trienal y, posteriormente, cuatrienal; el incremento del número de monjes; el progresivo auge de los estudios y elevación del nivel cultural de las comunidades, con la creación de importantes bibliotecas y de una red de colegios en distintos monasterios, más otros dos unidos a las universidades de Alcalá de Henares y Salamanca; el cumplimiento estricto de la RB y constituciones emanadas de los Capítulos Generales; la recuperación y conservación de la antigua liturgia cisterciense; las nuevas normativas emitidas por el Concilio de Trento; etc. Todo ello, lógicamente, tendría repercusión importante en los edificios monásticos: las viejas fábricas medievales que con el transcurso del tiempo se habían visto deterioradas y necesitaban una urgente reparación, se fueron restaurando y/o renovando, al tiempo que los nuevos usos implantados por los monjes reformistas obligaron a la adaptación de las construcciones medievales y la erección de nuevas estructuras acordes con aquellos8. 5

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Sobre este monasterio, vid., Montalvo, Primera parte de la Corónica, cit., 339-347; Yáñez Neira, ‘El monasterio de Montesión’, cit.; Pérez-Embid, El Císter en Castilla y León, cit., 717-736; Leblic García, V., El Císter en Toledo, Asociación Toledo Tierras y Pueblos, Toledo (2001); ‘Historia del monasterio de Montesión’, Cistercium, 257 (2011) 323-350. 6 García Flores, ‘Santa María de Valbuena’, cit., 557-558; Id., Arquitectura de la Orden, cit., y 197-198. 7 Para este período son imprescindibles los trabajos de García Oro, J., La reforma de los religiosos españoles en tiempos de los Reyes Católicos, Instituto “Isabel la Católica” de Historia Eclesiástica, Valladolid (1969) 59-61y 104-110; Id., Cisneros y la reforma del clero español en tiempo de los Reyes Católicos, Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Instituto ‘Jerónimo Zurita’, Madrid (1971) 152-155; García Oro, J.; Portela Silva, M.J., Los monasterios de la Corona de Castilla en el reinado de Carlos V: estudio histórico y colección diplomática, Santiago de Compostela (2001) 109-127; Id., Los monasterios de la Corona de Castilla en el reinado de los Reyes Católicos, 1475-1517: las Congregaciones de Observancia, El Eco Franciscano, Santiago de Compostela (2004) 107-139. Sobre el proceso de incorporación de los monasterios castellanos y leoneses, consúltese además, Pérez-Embid, El Císter en Castilla y León, cit., 645-650 y 674 y ss.; para los gallegos, Yáñez Neira, D., ‘Los monasterios cistercienses gallegos en la reforma de fray Martín de Vargas’, en El monacato en Galicia durante la Edad Media: la Orden del Císter, ed. J.C. Valle Pérez, Fundación Alfredo Brañas, Santiago de Compostela (1991) 71-105, en concreto 86 yss. 8 González López, P., ‘La actividad artística de los monasterios cistercienses gallegos entre 1498 y 1836’, Cuadernos de Estudios Gallegos, XXXVIII (1989) 213-233, en concreto 214; García Cuetos, M.P., Arquitectura en Asturias, 1500-1580. La dinastía de los Cerecedo, Real Instituto de Estudios Asturianos, Oviedo (1996) 30-31; Goy Diz, A., ‘Los claustros benedictinos tras la reforma de los Reyes Católicos: noticias sobre su construcción y sobre sus programas decorativos’, en Humanitas: estudios en homenaxe ó Prof. Dr. Carlos Alonso del Real, coord. A.A. Rodríguez Casal, vol. 2, Universidad de Santiago de Compostela, Santiago de Compostela (1996) 877-898; Id., ‘La arquitectura monástica en la provincia de Pontevedra en la edad Moderna’ en Pontevedra nos obxectivos de Manuel Chamoso Lamas. As nosas raíces. Real Academia Gallega de Bellas Artes, A Coruña (1999) 51-76, en concreto 52-53; Id., ‘La imagen del Jardín Místico del Edén en los claustros de los monasterios gallegos del siglo XVI’, en Actas del V Simposio Bíblico español. La Biblia en el Arte y la Literatura, vol. 2, Fundación Bíblica Española-Universidad de Navarra, Valencia-Pamplona (1999) 429-442, en particular 429-430; Id., ‘El resurgir de los monasterios en el Renacimiento’, en Opus Monasticorum. Patrimonio, Arte, Historia y Orden, coord. J.M. López Vázquez, Xunta de Galicia,  Santiago de Compostela (2005) 99-166, en concreto 100-101 y 141142; Id., ‘La huella de Juan de Badajoz el Mozo en los claustros gallegos: el concepto de modernidad arquitectónica a mediados del siglo XVI’, en Opus Monasticorum. Arte benedictino en los Caminos de Santiago, coord. E. Fernández Castiñeiras y J.M. Monterroso Montero, Xunta de Galicia,  Santiago de Compostela (2007) 451-478, en concreto 454-456; Id., ‘La arquitectura del tardogótico en los monasterios de Celanova, Ribas de Sil y Montederramo’, en Opus Monasticorum IV. El monacato en torno a la Ribeira sacra, coord. E. Fernández Castiñeiras y J.M. Monterroso Montero, Xunta de Galicia,  Santiago de Compostela (2010) 11-34, en especial 14 y 16; Marías, F., ‘La obra renacentista del Claustro de los Caballeros de Santa María la Real de Huerta’, en Monjes y monasterios: el Císter en el Medievo de Castilla y León, dir. I.G. Bango Torviso, Junta de Castilla y León, Valladolid (1998) 289-295, en concreto 289; González García, M.A., ‘Las reformas en las abadías orensanas del Císter en los siglos XVI-XVIII’, en Actas. Arte e Arquitectura nas Abadias Cistercienses nos séculos XVI, XVII e XVIII. Coloquio 23-27 de Novembro de 1994, Mosteiro de Alcobaça, Ministério da Cultura-Instituto Português do Património Arquitectónico, Lisboa (2000) 179-182; Id., ‘Reforma y reformas en el Cister de los Reinos de Castilla. Algunas consideraciones’, en Actas. Cister: Espaços, Territórios, Paisagens. Coloquio Internacional. 16-20 de



La Congregación Cisterciense de Castilla y la arquitectura de sus monasterios Al igual que sucede cuando contemplamos un monasterio cisterciense medieval, en los conjuntos modernos, y a pesar de las inevitables variaciones particulares, encontramos un aire de familia y una repetición más o menos fija del esquema organizativo de las diferentes dependencias. ¿A qué se debe esto? 1) Estricto sometimiento a la Regla y a la Carta de Caridad, a las Definiciones y Usos de la Congregación que irán actualizándose en sucesivas ediciones9. 2) El sistema de visitas, que actúa como “caja de resonancia” de lo que se está haciendo en cada monasterio. 3) Normativa emitida por el Capítulo General sobre obras y edificios. Aunque ya en los primeros usos redactados por Martín de Vargas para la naciente Congregación aparece un capítulo dedicado a los dormitorios10, hay que esperar a 1498 para que el Capítulo celebrado en Huerta dicte una serie de determinaciones que constituyen la base de la política edilicia de la Congregación de Castilla11. Estas serán recogidas en las distintas ediciones de las Definiciones, con algunas variaciones, puntualizaciones y ampliaciones12. En líneas generales, se pueden resumir en los siguientes puntos: - Las obras y edificios de los monasterios, no sean muy sumptuosos, sino moderados y medidos, así con el fin para que son, como con la posibilidad y fuerças del monasterio, esmerándose más en lo tocante más inmediatamente a la Iglesia y culto divino. - Dado que consumen una gran parte de las rentas, deben emprenderse después de haber sido estudiadas con detenimiento y prudencia - Antes de iniciar alguna obra nueva el Abad debe reparar las quiebras y menoscabos que tengan las antiguas y existentes y si al entrar en su cargo encuentra una obra ya comenzada, la deberá acabar en toda perfección. Tampoco podrá comenzar edificio alguno si sobre el monasterio pesa algún censo o no ha pagado antes deudas o subsidios; en ese caso únicamente podrá trastejar, reparar lo ruinoso y hacer los remiendos necesarios. - No se podrá emprender obra alguna que llegue a cuarenta ducados sin el consentimiento de los ancianos de la comunidad. Para obras de mayor coste, será necesaria siempre la licencia por escrito del Reformador. Este comisiona a uno o dos abades o monjes de autoridad y experiencia, para que averigüen de qué obra se trata, de si realmente es necesaria, dónde y cómo se va a hacer, y remitirán un informe al General. - Cuando se haya de hacer alguna obra de planta, se haga traza de toda ella por maestro inteligente y de crédito, por oficiales que sepan bien del arte. Dicha traza, con planta y alzado, se enseñará a uno o dos maestros distintos y a personas de la Orden que tengan conocimiento en materia de obras, y una vez aprobaJunho de 1998, Mosteiro de Alcobaça, Ministério da Cultura-Instituto Português do Património Arquitectónico, Lisboa (2000) 151166, en especial 159; etc. 9 Las Definiciones emanadas de los Capítulos Generales de la Congregación fueron recopiladas y publicadas en 1552, 1561, [1563], [1576], 1584, 1633, 1637, 1683 y 1786. En cuanto a los Usos o Rituales, hay ediciones de 1565, 1586, [1650], 1671, 1787 y 1798. Los años marcados entre corchetes corresponden a ediciones reseñadas por Bernard Kaul, pero que nosotros no hemos podido localizar (Kaul, B., ‘ZurBibliographie des Cistercienserritus der Castilischen Congregation’, Cistercienser Chronik, 56 (1949) 43-55, en particular 48-51; Gibert Tarruell, J., ‘Aproximación a la espiritualidad de los primeros cistercienses’, en Actas del II Congreso Internacional sobre el Cister en Galicia y Portugal, IX Centenario de la Orden Cisterciense, vol.4, Ourense (1998) 1749-1774, en concreto 1773 nota 97). 10 Yáñez Neira, ‘Modalidades en la interpretación’, cit., 438-439; Id., ‘Los primeros usos’, cit., 130. 11 A.H.N., Clero, Libro 20.261. 12 Definiciones 1552, cap. XXIV, n.6; 1561, cap. XXXIII, n.221, 45; 1584, cap. XXXII, n.138, 47v-48r; 1633, cap. XXX, nn.5-6, 69v-70r; 1637, cap. XXXVIII, 81r-82r; 1683, cap. XXXVI, 79-80; y 1786, cap. XXXVI, 186-188. González García, ‘Reforma y reformas’, cit., 160-161, trascribe los capítulos correspondientes a 1633 y 1683. Al margen hemos dejado las referencias concretas a dormitorios, bibliotecas y archivos que podemos encontrar en estos libros, para centrarnos en la normativa de carácter general.

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das, no se podrá modificar nada sin que el Definitorio lo apruebe, pues de haber edificado algunos a su gusto, se han seguido notables yerros en las obras, con quantiosos dispendios sin provecho de los monasterios. Además, tanto en el Capítulo General –que se celebra cada tres años y, desde 1759, cada cuatro- como en los intermedios, se van dictando disposiciones relativas a las obras que han de hacerse en monasterios concretos y se ordenan los repartimientos para costear las obras de Palazuelos -sede del Reformador desde 1551y de Santa Ana de Madrid, los colegios de Alcalá y Salamanca o las casas que la Orden tenía en Valladolid y La Coruña. 4) Participación de unos mismos maestros en las obras de las distintas abadías. La documentación conservada permite constatar el intenso trasiego de maestros, bien como tracistas o como canteros y aparejadores, por numerosos monasterios cistercienses en un espacio temporal reducido13. Esta situación se vio favorecida por el sistema de trabajo empleado en las canterías desde mediados del XVI. Por un lado está el maestro que da las trazas para la obra y dirige la construcción y, por otro las cuadrillas de canteros y aparejadores contratados por aquel y que se encargan de la materialización de las obras. Eso posibilita al arquitecto dirigir trabajos en diferentes monasterios a la vez y sin detrimento de su calidad. Por lo que se refiere a la elección de unos maestros determinados –aunque no se puede hablar de exclusividad, ya que lo mismo trabajan para cenobios cistercienses, como benedictinos, catedrales, iglesias parroquiales, etc.-, debemos tener en cuenta que la responsabilidad de los contratos para grandes intervenciones recaía en último término en el General Reformador y los ayudantes escogidos para tales asuntos, pero también que el modo de elección de abades implantado por la Congregación posibilitaba el desplazamiento de monjes de unas casas a otras para ocupar tal cargo. Lógicamente, esto permitía que un abad recomendara en su nuevo cenobio a los maestros que habían trabajado en su casa de profesión o en otros monasterios en los que hubiera servido anteriormente como superior. A su vez, todo ello propiciaba tanto una unidad en las plantas de los conjuntos monásticos como una similitud en los lenguajes arquitectónicos empleados en cada época14. Todo ello ha hecho pensar en la existencia de un posible “plan de reformas” diseñado y promovido por el Capítulo General que tendría tres premisas básicas15: 13

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Así, por ejemplo, encontramos a Juan de Cerecedo ‘el viejo’ trabajando para San Clodio, Meira, Montederramo, Oia, Castañeda y las Huelgas de Avilés; a Juan del Ribero Rada en La Espina, Sandoval, San Bernardo de Salamanca y Huelgas de Valladolid; a Juan de Herrera de Gajano, en Sobrado, Monfero y Toxosoutos; a Simón de Monasterio en Montederramo, Melón y Monfero; a Juan de Nates en La Espina, Palazuelos, Sacramenia, el colegio de Salamanca y Huelgas de Valladolid; a Juan de Naveda del Cerro en Gumiel y Rioseco; a Gaspar de Arce el Viejo en Armenteira, Oseira y Montederramo; a Juan de la Sierra ‘el viejo’ en Oseira, Armenteira, Montederramo y Meira; a Juan de la Sierra ‘el mozo’ en Melón, San Clodio y Oseira; a Bartolomé de Hermosa en Oia, Melón y Armenteira; etc. No podemos dejar de mencionar las figuras de tres monjes “arquitectos” del siglo XVII: Pedro García, profeso de Moreruela, que intervino en Nogales y en La Espina y que llegó a escribir Minerva arquitectónica, que es escuela de todas las artes liberales que sirven a la arquitectura como su reina y señora, aunque no llegó a ver la luz pública; a Ángel Manrique (1577-1649), que diseñó la llamada “escalera del aire” del Colegio de Salamanca e hizo un memorial de las obras que se debían hacer en la iglesia de Huerta; o a Juan Caramuel Lockowitz (1606-1682) y su Architectura civil, recta y obliqua considerada y dibuxada en el templo de Ierusalen (1678). Tampoco queremos olvidar a fray Pedro Sánchez, monje de Sandoval y autor del retablo mayor de su monasterio (1605-18), que también participó en el del monasterio benedictino de Sahagún. 14 Para todos estos aspectos, vid., García Cuetos, M.P., ‘Juan de Cerecedo, maestro de cantería al servicio de la Congregación de Castilla. La paradójica difusión de modelos arquitectónicos en el noroeste peninsular’, en VIII Congreso Nacional de Historia del Arte, Cáceres 3-6 octubre 1990, vol.1, Editora Regional de Extremadura, Mérida (1993), 227-229; Goy Diz, ‘La huella de Juan’, cit., 455-456; Id., ‘La arquitectura del tardogótico’, cit., 16; Vila Jato, M.D., ‘La arquitectura de los monasterios cistercienses en Galicia durante el Renacimiento’, en Arte del Císter en Galicia y Portugal, coord. J. Rodrigues y J.C. Valle Pérez, Fundaçao Calouste Gulbenkian-Fondación Pedro Barrié de la Maza, Lisboa-A Coruña (1998), 184-229, en particular 187-189; González García, ‘La reforma de las abadías’, cit., 182-184; Id., ‘Reforma y reformas’, cit., 158; Campos Sánchez-Bordona, M.D., ‘Juan del Ribero Rada. Intérprete e impulsor del modelo clasicista en la arquitectura monástica benedictina’, BSAA Arte, LXXVIII (2012), 19-44; Cortés López, M.E., ‘Santo Estevo de Ribas de Sil y Santa María de Montederramo, donde las subidas son el acceso a la ‘gloria’, en Opus Monasticorum V. Entre el agua y el cielo: el patrimonio monástico de la Ribeira Sacra, ed. J.M. Monterroso Montero y E. Fernández Castiñeiras, Xunta de Galicia, Santiago de Compostela (2012) 35-57, en especial 39. 15 González López, ‘La actividad artística’, cit., 214-215; García Cuetos, ‘Juan de Cerecedo’, cit., 227; Id., Arquitectura en Asturias, cit., 29-34; Goy Diz, ‘La arquitectura monástica’, cit., 53-54; Id., ‘La influencia de la reforma benedictina en la renovación de las fábricas de los monasterios gallegos’, en Struggle for Synthesis. The Total Work of Art in the 17th and 18th Centuries. Simpósio Internacional (Braga, 11-14 de Junho de 1996) I: Conceitos, Métodos, Problemas, Espaços Sagrados, Instituto Português do Património Arquitectónico, Lisboa (1999) 153-176, en concreto 154-155; Id., ‘La imagen del jardín’, cit., 429-430; Id., ‘El resurgir de los monasterios’,

- Separación de las diferentes actividades de la vida monástica creando tres claustros distintos: procesional o reglar, en torno al que se agrupan iglesia, capítulo, sacristía, y refectorio; grande, dedicado fundamentalmente a dormitorios y noviciado o colegio cuanto existían; y de la hospedería, donde aparte de a ésta se atiende a la relación del monasterio con el exterior, y se instalan la salas abaciales. - Búsqueda de mayor comodidad de las dependencias: creación de celdas individuales con el propósito de favorecer la oración y estudio individual, que obligan a ampliar la zona de dormitorios; estancias como sacristías y bibliotecas, salas abaciales y hospederías adquieren mayores proporciones; construcción de nuevas piezas destinadas a capítulo y refectorio en planta alta, huyendo de la humedad, aunque las primitivas no se abandonan; y, necesariamente, erección de sobreclaustros que faciliten el tránsito a esas dependencias por todo el perímetro claustral y de escaleras y pasajes que posibilitan una mejor comunicación en vertical y horizontal. - Conferir a los templos una nueva imagen que exprese la grandeza y poder de la Orden, para lo cual o bien se reforman las primitivas iglesias adecuándolas a los nuevos usos o se reedifican. Lo cierto es que estas reformas no se llevaron a cabo en todos los cenobios, y cuando lo hicieron tuvieron lugar en diversas etapas que, a grandes rasgos, pueden sintetizarse de esta manera: 1) Consolidación y reforma de los edificios comunitarios que estaban en pésimas condiciones mediante intervenciones de bajo presupuesto. 2) Construcción de claustros altos sobre los medievales, división en celdas de los primitivos dormitorios, escaleras… 3) Adaptación de los templos a los nuevos usos litúrgicos (coros a los pies y chirolas), renovación del mobiliario (retablos, sillerías, púlpitos…), sustitución de las cubiertas de madera por bóvedas pétreas o reconstrucción de estas últimas. 4) Construcción de nuevos claustros destinados a hospedería y, más adelante, a dormitorio. 5) Renovación de las dependencias del claustro reglar, como sacristías, capítulos, refectorios… y, en algunos casos, de sus galerías. 6) Enmascaramiento de la fábrica medieval de los templos (yeserías o pintura; erección de nuevas fachadas) o, en menor medida, reconstrucción integral. En el momento de la desamortización, en la mayoría de las abadías este proceso de renovación no había concluido16. Lo que no parece es que haya existido en el seno de la Congregación de Castilla el deseo de erigir de nueva planta conjuntos arquitectónicos conforme a ese “plan de reformas”. La mayoría de las abadías mantuvieron las viejas estructuras -con las modificaciones oportunas- y los nuevos espacios se fueron añadiendo al núcleo original según surgían las necesidades y se contaba con las rentas suficientes para llevarlos a buen puerto. Además, cuando se renuevan las dependencias tradicionales de la planta cisterciense, tanto su organización espacial como su disposición en el plano pueden llegar a variar de unos monasterios a otros de forma importante. Todo ello es consecuencia de los distintos momentos en que se levantan, los maestros que actúan en ellas, los requerimientos de cada abadía y, sobre todo, de sus posibilidades económicas17. Y si nos referimos a los monasterios fundados en esta etapa - Montesión, Santa Ana de Madrid, Nuestra Señora de Loreto en Salamanca o el colegio de Alcalá-, ninguno llegó a contar con más de un claustro y, exceptuando el salmantino, fueron conjuntos modestos en los que los sucesivos intentos de renovación resultaron infructuosos. cit., 100, 101 y 105-106; Id., ‘La huella de Juan’, cit., 454-456; Id., ‘La arquitectura del tardogótico’, cit., 14; Vila Jato, ‘La arquitectura de los monasterios’, cit., pássim. 16 Hemos seguido, introduciendo algunos cambios, las etapas señaladas por Goy Diz y Vila Jato (vid., nota anterior). 17 Los monasterios de la Congregación de Aragón y Navarra siguieron este mismo comportamiento, y también las abadías de las congregaciones benedictinas españolas (sobre estas últimas, vid., Juan García, N., ‘Modo de vida y arquitectura: los monasterios benedictinos (El espíritu sigue a la forma, la forma sigue a la función)’, Argensola, 121 (2011) 273-311).

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Renovación y transformación de las iglesias de los cistercienses Centrándonos en las intervenciones llevadas a cabo en los templos, ¿qué reformas se hacen y por qué?18

Conclusión de las obras iniciadas en el Medievo El en ocasiones largo y complicado proceso constructivo asociado a las dificultades de tipo económico que asolaron a un gran número de monasterios desde finales del siglo XIII, pero fundamentalmente durante el XIV, motivaron que muchas de sus iglesias -por no hablar de sus claustros o dependencias- quedaran inconclusas. Sería más tarde, tras muchos años de inactividad constructiva y en una etapa que suele coincidir en la mayor parte de los cenobios castellano-leoneses con su ingreso en la Congregación de Castilla, cuando se completen sus abovedamientos. Es lo que sucedió, probablemente, en los dos últimos tramos de la nave central de Valbuena, que vio cómo durante el primer cuarto del XVI se cubrieron con unas bóvedas de terceletes cuyas claves se decoran con los escudos heráldicos del III Marqués de Astorga, Álvar Fig.1. Huerta. Vista general de la nave cenPérez Osorio (+1523) y de su mujer Isabel Sarmiento y Zúñiga19. En el tral y detalle de la bóveda del tercer tramo. caso de Huerta (Fig. 1), sólo se abovedaron durante el siglo XIII los dos primeros tramos de la nave central: a pesar de haberse trazado los apoyos de las bóvedas de los tres últimos, estos se cerraron entre los siglos XIV y XV con una armadura de madera sobre arcos diafragma apuntados, de la que se conservan in situ las vigas madres y los canes decorados con cabezas talladas que las soportaban, unas y otros con restos de pintura; las bóvedas de terceletes que hoy contemplamos son ya del primer cuarto del siglo XVI20. Tanto las bóvedas que estaban proyectadas para el crucero como para la nave central de Sacramenia quedaron sin construir, quedando cubiertos estos espacios por una techumbre de madera, de la que se descubrieron durante las obras de restauración algunos mechinales y restos de vigas; a fines del XV o principios del XVI se cerraron con bóvedas de terceletes (Fig. 2)21. En Melón quedaron sin abovedar, al menos, el crucero, brazo sur Fig. 2. Sacramenia. Bóvedas del crucero y nave central. del transepto y nave central; ya bien entrado el siglo XVI estos tramos se cubrieron con bóvedas de crucería estrellada, atribuidas a Bartolomé Hermosa, que consta como aparejador de la obra del monasterio en 157822. 18

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Vila Jato, ‘La arquitectura de los monasterios’, cit., 211-219 y 221-228; Folgar de la Calle, M.C., ‘La arquitectura de los monasterios cistercienses en Galicia desde el Barroco hasta la desamortización’, en Arte del Císter en Galicia y Portugal, cit., 280-327, con concreto 281-284; y Morais Vallejo, E., Arquitectura barroca religiosa en la provincia de León, Universidad de León, León (2000) 83-85, 195 y 776-779, nos informan de algunos de estos motivos. 19 No obstante, su hijo y sucesor Pedro Álvarez Osorio (+ 1560), empleó también las armas del marquesado en un sello de 1528 (García Flores, ‘Santa María de Valbuena’, cit., 564; Id., La arquitectura de la Orden, cit., 216-217 y 281). 20 Sanz Lucas, M.J.; Sanz Aragón, A., ‘Informe del seguimiento arqueológico de las obras de emergencia en el coro de la iglesia del monasterio cisterciense de Santa María de Huerta. Soria, 1995-1996’, 1996 (Archivo Monasterio de Santa María de Huerta). 21 Algunos autores han relacionado con estas obras la donación real de 1490 referida a la explotación de una cantera en tierra de Sepúlveda (Valle Pérez, J.C., ‘Santa María de Sacramenia: aproximación al proceso constructivo de su iglesia’, en Segovia cisterciense: estudios de historia y arte sobre los monasterios segovianos de la Orden del Císter, Diputación Provincial, Segovia (1991) 95-106, en concreto 95, 97, 103, 105; Merino de Cáceres, J.M., ‘Métrica y composición en la arquitectura cisterciense. Santa María de Sacramenia’, en Segovia cisterciense, cit., 107-124, en particular 115-117; Id., El monasterio de Santa María de Sacramenia¸ Real Academia de Historia y Arte de San Quirce, Segovia (2003) 20 y 78). 22 Valle Pérez, J.C., La arquitectura cisterciense en Galicia, vol.1, Fundación Pedro Barrié de la Maza, A Coruña (1991) 212,215, 217218 y 229; Ramil Rego, E., ‘Arqueología en las obras de emergencia del monasterio de Melón (Ourense)’, Férvedes, 5 (2008) 493-502;

Feliz desgracia se puede llamar ésta, por lo que trajo de lustre el reparo Deficiencias estructurales o un estado de precariedad avanzado debido a su antigüedad condujeron casi hasta la ruina a algunos templos, obligando a una serie de reformas que fueron vistas por sus comunidades como oportunidades para modernizar el edificio. Así lo indica el cronista de Oseira, fray Tomás de Peralta, en una célebre frase que recogemos para encabezar este apartado, cuando refiere el incendio que asoló a su monasterio en 152223. Las más de las veces, los daños fueron parciales. Hacia 1584-85 se hunden los tres últimos tramos de las naves de Palazuelos (Fig. 3), probablemente por problemas de cimentación, Fig. 3. Palazuelos. Vista general de las naves. haciéndose cargo de la obra de reconstrucción Juan de Nates24; Matallana vio cómo su monumental cimborrio se hundía arrastrando tras de sí las bóvedas de la capilla mayor y de tres de las capillas laterales en junio de 161125; en Valdeiglesias, en 1658, se derrumbaba el campanario sobre las bóvedas26; unos años más tarde, en 1680, al abrir dos grandes vanos en la capilla mayor el cimborrio de Herrera se vino abajo y con él las demás bóvedas27; y en marzo de 1800 se arruinó la fachada occidental de Xunqueira de Espadañedo debido al deterioro de sus cimientos, obligando a levantar una nueva28; etc. Pero en otras el deterioro de las viejas fábricas era tan importante que fue preciso demoler los templos y construir unos nuevos. Este fue el caso de la iglesia de Óvila (Fig. 4), en donde ya en el último tercio del siglo XV y a causa de su ruina, se utilizaba como tal el refectorio; a mediados del XVI se emprendió la construcción de la nueva iglesia (1554-1577), corriendo la obra a cargo de Juan Vélez, si bien fue rematada por Juan Sánchez del Pozo29. Por su parte la vieja iglesia de Belmonte, dedicada entre 1163 y 1187 por el obispo de Oviedo Rodrigo, estaba ruinosa junto con el resto del conjunto monástico a mediados del XVI. En 1566 el B. Fernández Rodríguez, O mosteiro ourensán de Santa Maria de Melón: un monumento cisterciense, Grupo Marcelo Macías, A Coruña (2010) 36,37, 40-41. 23 Peralta, T. de, Fundación, antigüedad y progresos del Imperial Monasterio de Nuestra Señora de Osera, de la Orden de Cister, Madrid (1677) 295. 24 Bustamante García, A., La arquitectura clasicista del foco vallisoletano (1561-1640), Institución Cultural Simancas, Valladolid (1983) 252-254 y 351; Merino de Cáceres, J.M., Plan director. Proyecto básico de restauración integral Iglesia del exmonasterio de Sta. María de Palazuelos, Instituto Juan de Herrera de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid, Madrid (2000) 13-15; Ara Gil, C.J., ‘El monasterio de Palazuelos: un frágil testimonio del pasado’, Boletín de la Real Academia de Bellas de la Purísima Concepción, 36 (2001) 59-86, en particular 79-80; García Flores, La arquitectura de la Orden, cit., 330-331. 25 Crespo Díez, M.; Herrán Martínez, J.I.; Puente Aparicio, M.J., El monasterio cisterciense de Santa María de Matallana (Villalba de los Alcores, Valladolid), Diputación de Valladolid, Valladolid (2006) 85; Ara Gil, C.J., ‘Monasterio de Santa María de Matallana’, Argaya, 39 (2009) 7-24, en concreto 14; García Flores, La arquitectura de la Orden, cit., 391-392. 26 García Benito, M., El monasterio cisterciense de Santa María de Valdeiglesias: su arquitectura recogida en los planos del arquitecto, Doce calles, Madrid (2002) 65. 27 Cadiñanos Bardeci, I., Monasterios medievales mirandeses: Herrera y San Miguel del Monte, Fundación Cultural ‘Profesor Cantera Burgos’, Miranda de Ebro (1986) 11; Cantera Montenegro, S., El yermo camaldulense de Nuestra Señora de Herrera, Analecta Carthusiana, Salzburgo (2010) 7. 28 González García, M.A., ‘Obras y mobiliario litúrgico en el monasterio e iglesia de Santa María de Xunqueira de Espadañedo de 1764 a 1834’, en Actas II Congreso Internacional sobre el Cister en Galicia y Portugal, Ourense 1998, vol.3, Ourense (1999) 13631380, en especial 1371-1373; Singul, F., El monasterio de Santa María de Xunqueira de Espadañedo, Asociación para o Desenvolvemento do País do Bibei-Ribeira Sacra do Sil, Xunqueira de Espadañedo (2002) 103-108. 29 Layna Serrano, F., El monasterio de Óvila, 2ª ed., Aache, Guadalajara (1998) 53, 76 nota 10 y 114; Yáñez Neira, D., ‘Abadologio del monasterio de Santa María de Óvila’, Wad-al-Hayara, 13 (1986) 131-194, en concreto 133, 150 y 153, 158, 159, 160 y 161; Muñoz Jiménez, J.M., ‘El manierismo seguntino: la creciente importancia del arquitecto Juan Vélez’, Anales Seguntinos, II(5) (1988) 191-206, en concreto 200-204; Merino de Cáceres, J.M., Óvila: setenta y cinco años después (de su exilio), Editores del Henares, Guadalajara (2007) 144-147.

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Capítulo provincial pedía que de nuevo se traçe todo el monasterio en la huerta y no adonde está agora30, pero hubo que esperar a 1598 para que se realiza el remate de la obra de la nueva iglesia; con trazas de Domingo de Mortera, su fábrica estaría a cargo de Andrés García de la Mortera y Pedro de la Haza31. Sin embargo las obras tardarían aún unos años en comenzar32.

Necesidades litúrgicas propias de la Congregación Estructuras corales Ya hemos comentado cómo los nuevos usos introducidos por la Congregación de Castilla determinaron la creación de nuevos espacios de vida y oración. Por lo que concierne a los templos, uno de ellos fue la elevación a los pies de las naves de un coro en alto (Figs. 5 y 6). Generalmente ocupa los dos últimos tramos de la nave central, más al menos uno de la nave adyacente al claustro para permitir el acceso al piso alto Fig. 4. Óvila. Planta de éste; no obstante, suele ampliarse la tribuna hasta ocupar en las laterales el mismo (J.M. Merino de Cáceres). número de tramos que en la central. Inusualmente, cuatro tramos ocupaban los coros de Moreruela y Meira; tres los de Montederramo y Oseira; y uno el de Rioseco, San Clodio y Acibeiro. En la nave central y hacia oriente se prolonga mediante balcones o voladizos para ubicar a un lado –a veces a los dos-, el órgano. Así, mientras en la nave central se sitúa la sillería –por lo general de dos registros de sitiales superpuestos (Fig. 7), si bien en algunos monasterios (Sandoval, San Clodio o Valbuena) debido al escaso número de monjes solo contaron con un piso- y un enorme facistol, en las laterales se instalan los cuartos de fuelles del órgano, pequeñas habitaciones donde guardar los libros de coro u otros utensilios necesarios para el desarrollo de la liturgia y, en algunas casas, una escalera de bajada al templo (Acibeiro, Castañeda, La Espina y Palazuelos). En Matallana y Valbuena las escaleras se habilitaron directamente desde el sobreclaustro a la nave lateral del templo. De modo excepcional, en algunos cenobios se instaló en el antecoro –los tramos más cercanos al sobreclaustro-, una nueva sala capitular, conocida como capítulo alto (Huerta o Valparaíso), mientras que el trascoro, en los casos en los que el claustro se situaba al norte del templo, daba paso a un solárium o solana (Moreruela, Monsalud o Huerta).

Fig. 5. San Clodio. Coro alto.

Fig. 6. Sobrado. Coro alto.

Se erigen bien sobre bóvedas generalmente planas, cuyo estilo es acorde al momento en que se levantan, o sobre estructuras de madera (Acibeiro, Armenteira, Castañeda, Carracedo, Meira, Monsalud, San Clodio, Sandoval, Valdediós, Villanueva de Oscos y Xunqueira de Espadañedo) –a veces apoyadas sobre arcos de fábrica-. La construcción de estas tribunas provocó que los pilares sobre los que se disponen fueran reforzados y algunos elementos arquitectónicos y escultóricos mutilados para encajar vigas o arcos y facilitar el arranque 30

‘Libro de actas de los acuerdos y definiciones de los Capítulos Generales’, A.H.N., Clero, libro 16521 (1566-1741) fol.5r. Pastor Criado, M.I., Arquitectura purista en Asturias, Servicio Central de Publicaciones, Principado de Asturias, Oviedo (1987) 168-171 y 254-259. 32 En 1612 el Definitorio ordenaba que el monasterio no pagase parte de los subsidios que le correspondían para ayuda del colegio de Salamanca, atento a la necesidad de reparo de su iglesia, y repite lo mismo en 1621, atento la necesidad que tiene de reparar la iglesia que se está cayendo (‘Libro de actas de los acuerdos’, cit., fols. 229r, 230r y 234r.). 31

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de sus bóvedas. Pero queremos dejar claro que no se trata de un traslado de la sillería situada en la nave central hacia los pies de la iglesia33. Tanto los usos y rituales de la Congregación, como los libros de obras, abadologios o los inventarios realizados durante las desamortizaciones de principios del siglo XIX nos informan de la coexistencia de un coro alto con otro bajo y, en algunos casos, de su estructura. Por lo que se refiere al bajo, probablemente durante los siglos XVI y XVII se utilizaran sillerías de uno o dos niveles dispuestas en forma de U abiertas hacia el presbiterio, dejando un claro a occidente, en la testera, que permitía tanto el acceso de la comunidad por este lado como Fig. 7. Huerta. Sillería del coro alto. la visión del altar desde los pies del templo a los fieles. Ya a partir del siglo XVII, pero sobre todo en el XVIII, encontramos bancos con altos respaldos sobre tarimas de madera. El mobiliario se completaba con un facistol grande en el centro, un púlpito para los sermones (que aún se pueden ver en Valdediós, Acibeiro, Meira, Castañeda, La Espina o Sacramenia), un órgano pequeño, lámparas de aceite, etc. Sabemos, por ejemplo, que a hacia finales de 1628 o principios de 1629 Ángel Manrique quería encargar para el coro bajo de Huerta vancos de respaldar de los muy buenos, grandes de tablas de tres quartas con escudos de armas de la Orden y toda la clavazón dorada34. En un inventario de Valparaiso (1763), consta que el coro bajo se adornaba con doce bancos de nogal con remates de bronce y un facistol de la misma madera, coronado por un crucificado también en bronce, y se abría a occidente mediante una reja rematada por otro Cristo35. Para Valdediós, Francisco González, ayudado por su hermano Juan y el entallador Antón de Berros, había comenzado a hacer la sillería del coro alto; al año siguiente se adquirieron cien tablas para continuar esta y la del coro bajo, dándose por terminadas en 1592; en las cuentas de abril de 1716 recogidas en el Libro de estados, se anotó: mas se hizieron para el coro baxo diez bancos grandes de nogal con su clavazón, y escudos de bronce y sus tarimas36. En Oseira, en tiempos del abad Adrián Huerta (1783-87), quitose del coro bajo la sillería y en su lugar se pusieron canapés con respaldo alto y coronación bolada de media caña, pisándose de nuevo el mismo coro con su facistol nuevo37. Y en Sobrado, el inventario del 25 de noviembre de 1820 lo 33

Aunque la mayoría de los estudiosos han pensado que fue así (por ejemplo, García Cuetos, Arquitectura en Asturias, cit., 33-34; o Martínez Frías, J.M., ‘La transformación del coro de la iglesia en el monasterio cisterciense’, en Monjes y monasterios, cit., 297-300), investigadores como Eduardo Carrero Santamaría (‘Arte y liturgia en los monasterios de la Orden de Císter. La ordenación deun ambiente estructurado», en Actas del III Congreso Internacional sobre el Cister en Galicia y Portugal. Ourense y Oseira, vol.1,  Grupo Francisco de Moure, Ourense (2006) 503-565, en particular 527 y 529; ‘Una simplicidad arquitectónica por encima de los estilos. La iglesia del monasterio cisterciense entre espacios y funciones’, en Mosteiros cistercienses. História, arte, espiritualidade e patrimonio, dir. J. Albuquerque Carreiras, vol. 2, Jorlis, Alcobaça (2013), 117-138, en especial 136), Miguel Ángel González García (‘La sillería coral de 1794 del monasterio de Oseira y otras noticias relacionadas con la vida coral’, Cistercium, 208 (1997) 415-430, en concreto, 415-16) o Ana Suarez (Los libros de coro de Valdediós, vol.1, Monasterio de Valdediós, Valdediós (2001)186-188) han señalado acertadamente la convivencia de dos espacios corales, uno junto al crucero y otro en alto a los pies del templo. 34 Archivo Histórico Provincial de Soria, caja 4988, doc. 6(vid., Apéndice documental). También sabemos que en Palazuelos, según las cuentas de abril 1746-abril 1747, se hicieron quatro bancos para el coro bajo; y en componer los otros tubieron de coste, ciento y sesenta r. (‘Libro de obras de Palazuelos’, A.H.N., Clero, libro 16.516 (1681-1832). 35 Ferrero Ferrero, F., El Imperial Monasterio de Nuestra Señora de Valparaíso, Caja de Zamora, Zamora (1986) 13; Rivera de las Heras, J.P., ‘Imágenes procedentes del desaparecido monasterio de Valparaíso (Zamora)’, en Actas del II Congreso Internacional, cit., vol.3, 1543-1561, en particular 1544. 36 ‘Libro de obras’, A.H.N., Clero, libro 9.366 (García Flores, A., ‘Los altares-retablos de Santiago y de las Santas Vírgenes y Mártires, del monasterio de Santa María de Valdediós’, Ruta cicloturística del románico internacional, XXVII (2009), 225-236, en concreto 235-236 nota 32). 37 Limia Gardón, F.J., ‘La escultura en el monasterio de Oseira en la Edad moderna (1545-1835)’, en Actas del II Coloquio Galaico-Minhoto. Santiago de Compostela, 14-16 de abril, 1984, vol.2, Instituto Cultural Galaico-Minhoto, Santiago de Compostela (1985) 97-113, en particular 99-100); González García, ‘La sillería coral’, cit., 417; Fresco Santalla, A.M.; M. González Monje, J.M., ‘Aspectos artísticos y constructivos en el abadologio de Oseira (Códice 15-B, AHN) Años 1486-1828’, en Actas del III Congreso Internacional, cit., vol.1, 585-697, en concreto 588.

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describe así: En el coro bajo quince bancos de madera de castaño pintados de verde con sus respaldos torneados y pintados de verde algo usados; en el qual se halla colocado también un facistol grande de madera de castaño fijo para libros de canto llano muy usado, con un crucifijo en su remate también de madera y de buen uso fijado en una cruz de palo; etc.38 Canceles de madera o rejas de hierro posibilitaban el cierre de este espacio, no encontrando en nuestros monasterios cierres de fábrica como los que se pueden ver en fotografías antiguas de algunas iglesias de las abadías de la Congregación cisterciense de Aragón y Navarra (Poblet, Santes Creus, Santa Fe o Rueda) y todavía hoy en Piedra39. Fotografías de la iglesia de Oseira realizadas a principios del siglo XX (Fig. 8) nos permiten hacernos una idea aproximada de cómo eran estos espacios40.



Fig. 8. Oseira. Coro bajo (Boletín Eclesiástico de la Diócesis de Orense, 1930; Archivo del Patronato de la Alhambra y Generalife, F-01954).

En los Usos de la Congregación no se encuentra una distinción clara entre los actos litúrgicos que se desarrollaban en uno y otro coro, de ahí que algunos autores hayan sugerido que el bajo se utilizara para las misas y el alto para la liturgia de las horas41. Pero no era así. Una atenta lectura de estos rituales nos revela que tanto durante las dos misas conventuales (matutinal y mayor), como durante el oficio divino, la comunidad puede estar en cualquiera de los dos coros42, indicando el modo en que debían actuar y moverse los distintos protagonistas en un momento u otro de las celebraciones, dependiendo del coro en el que estuviesen43. Úni38

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En Palazuelos, en las cuentas de abril 1746-abril 1747, consta que Se hicieron quatro bancos para el coro bajo; y en componer los otros tubieron de coste, ciento y sesenta r. (‘Libro de obras de Palazuelos’, A.H.N., Clero, libro 16.516 (1681-1832);y en Sandoval, hacia 1803 se pusieron bancos nuevos y una reja en el coro bajo, y en el inventario de 1835 aparecen mencionados un facistol grande de chopo, dos hileras de bancos de lo mismo pintados y dos cuadros viejos (Sahelices González, P., Villaverde de Sandoval: monasterio y pueblo, Revista Agustiniana, Guadarrama(2005) 188. 39 En el inventario realizado en Oia en 1836 se apunta que el coro está cerrado sobre sí con barandillas de madera, conteniendo un facistol de la de castaño, lo mismo que las barandillas, estando documentadas ya en 1593 (Cendón, M., ‘Santa María de Oia’, en Monasticón cisterciense gallego, coord. D. Yáñez Neira, I, Edilesa, León (2000) 196-223, en concreto 219; Id., ‘Patrimonio perdido y conservado en el monasterio de Oia a la luz del inventario de 1836’, en Actas del II Congreso Internacional, vol.3, 1227-1246, en especial 1228 y 1243). Como veremos arriba en el texto, en Oseira se emplearon rejas de hierro. Cierres de fábrica pueden verse en fotografías antiguas de algunos monasterios integrantes de la Congregación cisterciense de Aragón y Navarra (Poblet, Santes Creus, Santa Fe o Rueda), conservándose todavía algunos tramos en el de Piedra. No obstante debemos recordar que, exceptuando Iranzu y Fitero, los monasterios de la citada Congregación no construyeron coros en alto (Carrero Santamaría, ‘Arte y liturgia en los monasterios’, cit., 527). 40 Archivo del Patronato de la Alhambra y Generalife, Granada (http://hdl.handle.net/10514/11865). 41 González García, ‘La sillería coral’, cit., 415-16; Suarez, Los libros de coro de Valdediós, cit., 186-188; Carrero Santamaría, ‘Arte y liturgia en los monasterios’, cit., 529-530; Id., ‘Centro y periferia en la ordenación de espacios litúrgicos: las estructuras corales’, Hortus Artium Medievalium, 14 (2008) 159-178, en concreto 172. 42 Vid., los Usos de 1798, por citar solamente uno de los rituales editados por la Congregación, en este caso, el último (1ª parte, cap. IX, 47, 53, 55 y 57; cap. X, 68 y 70-71; cap. XV, 93-95; cap. XXXIII, 181-182; cap. XLI, 223; cap. XLV, 239 y 243). 43 Los Usos dedican algunos capítulos a estos aspectos: cómo deben entrar en el coro, distinguiendo dos modos de hacerlo según

camente se especifica que se reúna la comunidad en el bajo en unas fechas y acontecimientos especiales: para el sermón de la misa mayor (independientemente de si la comunidad asiste en el coro alto o en el bajo); tercia los días de procesión (Purificación, San Benito, San Bernardo, Domingo de Ramos, Ascensión, Corpus, Asunción); las del primer y tercer domingos de cada mes (de Nª Sª del Rosario y del Santísimo, respectivamente) también se inician en el coro bajo después de la misa mayor-; sermón y completas del Jueves Santo; procesión de los salmos penitenciales, sexta y nona del Viernes Santo; profesiones monásticas; recibimiento de personas importantes; o para llevar el viático y comunión a los enfermos. Las vísperas del Jueves Santo se rezarán siempre en el alto44. Entonces, ¿por qué se construyó otro coro a los pies y en alto? Entre las diversas causas posibles se han señalado un mayor desarrollo del canto litúrgico, la necesidad de contar con un espacio más amplio para las procesiones, una búsqueda de mayor intimidad para la oración, la facilidad de acceso desde las celdas ubicadas en el piso alto del claustro, la apertura de los templos a los fieles o cuestiones climatológicas y de salud45. Personalmente creo que la respuesta más aproximada la podemos encontrar en los dos últimos puntos46. Ya hemos comentado cómo en prácticamente todos los monasterios de la Congregación se construyen nuevas estancias destinadas a capítulo y refectorio, a veces también sacristías, en planta alta, buscando una mayor comodidad y huyendo de la humedad y el frío de las salas bajas47. No debe extrañar, pues, que esta duplicidad de espacios se busque igualmente en la iglesia: en las estaciones más cálidas el coro bajo resultaría más fresco, mientras que en las invernales la humedad y el frío lo harían insalubre; por el contrario, en esa época el coro alto sería un ámbito más acogedor48. La necesidad de acotar un espacio dentro del templo destinado a un número creciente de fieles fue también determinante. En época medieval, el lugar destinado a los seglares en los templos de los cistercienses era restringido tanto en cuanto a ubicación -a los pies de las naves- como a tiempos –en determinadas ceremonias y festividades-. Así pues, no se trata de que con la Congregación de Castilla se abran las iglesias al pueblo. La cuestión radica en que el aumento del número de seglares al servicio de los monasterios fue creciendo con el tiempo, especialmente por el descenso del número de conversos, llegándose a crear en torno a algunos de ellos caseríos de tamaño importante. Aquellos, como es natural, necesitaban un espacio para el culto y donde recibir los sacramentos, de ahí que en julio de 1438 Eugenio IV regulaba el acceso de los fieles a la liturgia de los monasterios de la Congregación y permitía la administración accedan al coro bajo o al alto; cuándo debe estar la comunidad inclinada fuera de sus sillas, de pie -dentro o fuera, mirando al altar mayor o vueltos unos a otros-, de rodillas –lo mismo-, postrados o sentados; cuándo y cómo se han de inclinar dentro del coro; y cuándo y cómo han de estar en las sillas altas y bajas -se distinguen los coros que tienen sillería alta y baxa de los que tienen un solo orden de sillas-. Dependiendo del momento del oficio o misa, se moverán entre las sillas altas y las bajas, o se acercarán al facistol o la baranda. Además, los hermanos estarán en unas horas determinadas en las sillas altas y los ancianos, según el momento, en la testera o en las sillas de delante; los novicios lo harán siempre en las bajas, pero si hay solo un orden de sillas se sentarán a continuación de los profesos (1565, 1ª parte, cap. XVI, 54-56; 1586, 1ª parte, caps. XVI y XXV, 65-68 y 84-86; 1671, 1ª parte, caps. XXVI-XXVII y XXX-XXXI, 184-195 y 198-209); 1787, 1ª parte, caps. IX-XIV, 49-63; y 1798, 1ª parte, cap. XII, 76-82 y caps. XXVI-XXX, 149-173). Un buen resumen de estos aspectos, abarcando también el periodo medieval, en Carrero Santamaría, ‘Arte y liturgia en los monasterios’, cit., 516-518. 44 Anotamos de nuevo únicamente referencias de los Usos de 1798: 1ª parte, cap. IX, 47, 53 y 55; cap. X, 68 y 70-71; cap. XV, 93-95; cap. XXI, 119; cap. XXXIII, 181-182; cap. XXXIV; cap. XXXVI, 210; cap. XXXVIII, 216; cap. XLI, 223; cap. XLIV, 235; cap. XLV, 239; cap. XLVII, 256; cap. LV, 293; cap. LVII, 303; cap. LVIII, 305; 2ª parte, cap. IX, 335; XV, 356-357; etc. 45 Vid. García Cuetos (Arquitectura en Asturias, cit., 33-34; Rodríguez G. de Ceballos, A., ‘Liturgia y configuración del espacio en la arquitectura española y portuguesa a raíz del Concilio de Trento’, Anuario del Dpto. de Historia y Teoría del Arte UAM, III (1991), 43-52, en especial 48; o Martínez Frías, ‘La transformación del coro’, cit., 298-300. No obstante, debemos señalar cómo estos autores creían que la construcción del coro alto, conllevaba la desaparición del bajo, algo que como hemos visto es erróneo. Por su parte, Carrero Santamaría hace un análisis minucioso de las motivaciones apuntadas, desestimando de modo acertado las tres primeras señaladas en el texto (‘Arte y liturgia en los monasterios’, cit., 527-529; vid., también del mismo autor ‘Una simplicidad arquitectónica’, cit.). 46 La búsqueda de un lugar en el templo para celebrar la liturgia de las horas con acceso más cómodo desde las zonas habitacionales construidas en torno al claustro alto, pienso no es motivo suficiente como para condicionar la construcción de estos coros, aunque indudablemente el desarrollo de los sobreclaustros lo favoreció. Debemos recordar, en primer lugar, que la comunidad asiste a las misas conventuales y al oficio divino tanto en el coro alto como en el bajo; en segundo lugar, que no todos los claustros reglares contaron con celdas en su perímetro, sino que éstas se ubicaron en los claustros del dormitorio o incluso en los de la hospedería; y que en los monasterios de la Congregación de Aragón y Navarra, que carecieron de coros altos, sí se levantaron sobreclaustros (Piedra, Veruela, Rueda o Poblet). 47 Este fenómeno también ha sido observado en los claustros catedralicios (Carrero Santamaría, ‘Arte y liturgia en los monasterios’, cit., 529). 48 Carrero Santamaría, ‘Arte y liturgia en los monasterios’, cit., 529; Id., ‘Una simplicidad arquitectónica’, cit., 136.

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de sacramentos en sus iglesias49. El sotocoro (Fig. 9), cerrado con rejas hacia las naves - ya sean de madera o de hierro (Huerta, Montederramo, Valdediós, Xunqueira de Espadañedo)-, servía espléndidamente para este fin. En numerosos monasterios recibirá el nombre de iglesia de los seglares (Villanueva de Oscos, Valbuena, La Espina), iglesia de la feligresía (Castañeda), iglesia del barrio (Huerta) o incluso la parroquia o Yglesia parroquial (Palazuelos, Huerta)50. A su cargo estaba un cura elegido de entre los monjes sacerdotes de la comunidad, que se ocupaba de regular su acceso, administrar los sacramentos, organizar las cofradías que se fueron instaurando, etc. Estos espacios contaron con altares y retablos, pilas bautismales e incluso actuó como lugar de enterramiento de los feligreses51. Fig. 9. Valdediós. Sotocoro. Como fue habitual en sus construcciones, los cistercienses adaptaron a sus propias necesidades una estructura -el coro en alto- que ya desde finales del siglo XV habían difundido entre sus iglesias otras órdenes religiosas, como franciscanos, dominicos y jerónimos52, y que también sería adoptada por los benedictinos de la Congregación de Valladolid.

‘Segund la orden’: la chirola En algunos templos cistercienses de la Congregación de Castilla se levantó a oriente de la capilla mayor una construcción conocida bajo el nombre de chirola. De planta cuadrangular o poligonal (Fig. 10), se accede desde aquella a través de dos puertas que flanquean el altar. En el lado occidental pueden presentar, bien un vano que comunica con la capilla mayor –generalmente a la altura del expositor del retablo-, bien un nicho o un altar. Algunas, además, muestran en su frente oriental y en los laterales hornacinas con altares que, en su día, se adornaron con retablos; diversos vanos permiten su iluminación. Las propuestas acerca de su funcionalidad han sido variadas: sacristía, capilla-oratorio, espacio para procesiones, relicario o capilla donde celebraban misa sacerdotes ajenos a la comunidad53. Sin embargo, como vamos a ver, su auténtica finalidad fue la de servir como capilla del Santísimo54. 49

Henríquez, Regula, constitutiones.., cit., 278-279. En Castañeda, en 1779, iglesia de la feligresía (Miguel Hernández, F., El monasterio de San Martín de Castañeda, Zamora: análisis de su pasado para el futuro, Consejería de Cultura y Turismo, Valladolid (2010) 215); en Villanueva de Oscos, hacia 1763-67, iglesia de los seglares (Yáñez Neira, D., ‘El monasterio de Villanueva de Oscos y sus abades’, Boletín del Instituto de Estudios Asturianos, 80 (1973) 645-715, en concreto 705); En Palazuelos, en 1679, se habla de la parroquial del monasterio y en 1731 de parroquia de Palazuelos (A.H.N., Clero, legajo 7.627); en Valbuena, en 1776-77, yglesia de los seglares (‘Cuentas de obras y pleitos’, , A.H.N., Clero, libro 16.613 (1776-1835); en Huerta, iglesia del barrio (Cordón, C., ‘Memoria chronológica de los abbades y varones illustres de este imperial y real monasterio de Huerta’, Archivo Monasterio Santa María de Huerta, 145, fols. 84r, 87v, 93v, 96v, 100v, 106v-107r) e yglesia parroquial (131v); en La Espina, en 1766-68, yglesia de los seglares (‘Libro de Obras. Cuentas’, A.H.N., Clero, libro 19.748 (1735-1835) fol.105, 106v, 109r); etc. 51 Juan Álvarez el Viejo hacía testamento el 13 de diciembre de 1679 en presencia de José de Alcántara, cura del monasterio de Palazuelos, y en él mandaba: Iten ordeno que quando me sacare Dios desta vida mi cuerpo sea sepultado en la Parroquial del monasterio de Nuestra Señora de Palazuelos, cerca de la sepoltura de mi mujer y hija un poco más arriba, y un documento del 6 de noviembre de 1731 dice que Gerónima Conde está enterrada en esta parrochia de Palazuelos(A.H.N., Clero, legajo 7.627). 52 Carrero Santamaría, ‘Arte y liturgia en los monasterios’, cit., 527-529; Id., ‘Una simplicidad arquitectónica’, cit., 136-138. 53 Sá Bravo, H. de., El monacato en Galicia, vol.1, Librigal, A Coruña (1972) 309-310; Valle Pérez, La arquitectura cisterciense, cit., 162, 181 nota 127 y 283; Vila Jato, M.D., ‘Galicia en la época del renacimiento’, en Galicia. Arte, XII, Ediciones Hércules, A Coruña, 215; Id., ‘La arquitectura de los monasterios’, cit., 213-216; Monterroso Montero, ‘Las artes figurativas’, cit., 21; López Sangil, Historia del monasterio, cit.; Id., ‘Monfero’, cit., 143; Singul, F., El monasterio de Santa María de Montederramo, Asociación para o Desenvolvemento do País do Bibei-Ribeira Sacra do Sil, Xunqueira de Espadañedo (2002) 69; Ara Gil, ‘El monasterio de Palazuelos’, cit., 79; Manso Porto, ‘El monasterio de Santa María la Real de Oia’, cit., 299; Engroba Cabana, ‘Reformas arquitectónicas no mosteiro’, cit., 74-75; Lorenzo Asprés, ‘O ocaso do mosteiro’, cit., 615; Garrote Recarey, ‘Santa María de Meira’, cit., 92; entre otros. 54 Ha sido Carrero Santamaría, tras el estudio atento de los usos y rituales de la Congregación, el que ha definido correctamente su funcionalidad. 50

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Fig. 10. Chirolas. Plantas a) Meira; b) Palazuelos; c) Montederramo; d) Monfero; e) Carracedo.

Aunque han sido las localizadas en los monasterios gallegos las que han llamado la atención de los estudiosos (Meira, Monfero, Montederramo, Xunqueira de Espadañedo y Oia), también se han conservado ejemplos en otros territorios (Palazuelos, Carracedo, La Espina y Villanueva de Oscos) y en algunos está documentada su presencia (Nogales y Valparaíso).

Fig. 11. Meira. Chirola.

La chirola de Meira, de principios del siglo XVII, es un espacio rectangular cubierto por una bóveda de cañón con casetones pintados con querubines y florones (Fig. 11). Esta articulación se prolonga por los muros oriental y occidental, decorándose aquí con imágenes de santos y beatos en su mayoría cistercienses, identificados por sus nombres en una cartela: a occidente, flanqueando un edículo de medio punto que comunica con la capilla mayor, Benito –y la visión del globo del mundo55- y Bernardo –con un Crucificado alusivo al milagro del abrazo de Cristo al santo-, acompañados de Gerardo de Clairvaux, Vital de Clairvaux, Eugenio III, Esteban Harding y Martín Cid, Silvano de Rievaulx, Roberto de Molesmes, Adriano IV y otros dos santos no identificados por el mal estado de conservación de la pintura; a oriente, Gregorio IV, Arnulfo de San Nicasio, Emanuel de Cremona, Pedro de Tarantasia, Froilán y Atilano abades y fundadores de Moreruela, Amadeo, Alano de Lille –que lleva un letrero más largo: ALANUS DOCTOR FAMOSUS, CISTERCII HUMILIS CONVERSUS. QUI DUO, QUI SEPTEM, QUI TOTUM SCIBILE SCIVIT56, y se sitúa bajo un medallón hoy vacío sostenido por ángeles que ocupa el centro de la composición-, Hugo de Auxerre, Humberto de Clairvaux, Benedicto XII, Alejandro de Cîteaux y Guarino. En la parte superior de los costados norte y sur otros medallones sostenidos también por ángeles contienen frases del Génesis (28, 16-17): VERE DOMINUS EST IN LOCO ISTO. GENES XXVIII y NON EST HIC, ALIUD, NISI DOMUS DEI ET PORTA CAELI. GEN XXVIII. La decoración se completa en los pasos que comunican con la capilla mayor con un versículo del libro de la Sabiduría (7,6): al 55 56

Gregorio Magno, Libro de los diálogos, libro II, cap. XXXV. Este texto lo encontramos en Menard, H., Martyrologium Sanctorum Ordinis Divi Benedicti, Paris (1629) 156.

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norte, [UNUS ERGO INTROCTUS] EST OMNIBUS AD VITAM, y al sur ET SIMILIS EXITUS. SAPIENTIAE [VII]. La autoría de estas pinturas corresponde a José Vázquez57. Entre 1713 y 1717 se construyó la de Monfero (Fig. 12). Presenta planta cuadrada y se cubre con una bóveda de cañón decorada con casetones en los que vemos esculpidos estrellas, cruces, soles, lunas, corazones, querubines, florones y máscaras. Todos los lados presentan hornacinas con altares, destacando la adyacente a la capilla mayor, que se corona con un frontón y en origen comunicaba con ella; hoy día cobija un sagrario. Según fray José Manuel Díaz Losada y Felpeto en su descripción manuscrita del monasterio (ca.1868), en 1789 se hicieron y pintaron los cuatro altares de la chirola, y en 1868 la custodia mayor, que se hallaba en la chirola, con sus guarniciones, así como los retablos que la adornaban, fueron enviados a distintas parroquias del entorno58. Fig. 12. Monfero. Interior de la chirola.

De planta rectangular es la de Montederramo. Cubierta con bóveda de cañón casetonada, un vano comunica con el altar mayor a la altura del expositor, mientras que en los costados norte y sur se disponen dos hornacinas. Terminada hacia 1614, en el inventario realizado en noviembre de 1835 se describe su mobiliario: Tras el altar mayor. Una capilla que contiene un altar de madera sobre el cual se halla un retablo de lo mismo sin pintar; en su centro una custodia donde se pone el Santísimo Sacramento, cuya puerta se haya dorada (…) Al costado derecho en su retablo una imagen de la Concepción de bulto, al izquierdo otro con un Santiago de medio relieve y sobre la cima una imagen al parecer de Santa Águeda de bulto. La primera noticia que tenemos de ella es de 1607, cuando consta que hízose un retablo para la chirola que a de ser, costó cuarenta ducados la talla y cuarenta y ocho reales la cerradura59. La chirola de Xunqueira de Espadañedo, de la que apenas quedan restos, tenía planta cuadrangular y elevada altura; adosada al exterior del ábside de la capilla mayor vemos una mesa de altar sobre la que se dispone una hornacina coronada por un frontón triangular rematado en una cruz que, en origen, comunicaba con el interior a la altura del sagrario de su retablo (Fig. 13). Hasta 1775-76 no aparece documentada: Osario. Para poner con la decencia los huesos de los fieles se hizo uno detrás de la chirola…; en 1789-90, se anotó este gasto: En un cascarón, un frontal para la chirola y retocar el altar mayor…; y en 1790-91: Se hizo un retejo general de esta [iglesia] y del Fig. 13. Xunqueira de Espadañedo. Chirola. lienzo del claustro que dice a aquella en la que se revajó el chapitel de cantería que está sobre la chirola y ocasionaba muchas goteras rebatiendo las aguas sobre la 57

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Valle Pérez, La arquitectura cisterciense, cit., 162 y 181 nota 127; Monterroso Montero, J.M. ‘Las artes figurativas en los monasterios cistercienses gallegos durante la Edad Moderna’, en Arte del Císter en Galicia y Portugal, cit., 376-431, en particular 421-423; Engroba Cabana, S., ‘Reformas arquitectónicas no mosteiro de Meira en época moderna’, Boletín da Asociación de Amigos do Museo do Castro de Viladonga, 16(2006) 67-77, en concreto 74-75; Garrote Recarey, M., ‘Santa María de Meira. Transformaciones del monasterio y génesis de la villa’, Abrente, 42-43 (2010-11) 75-112, en especial 92; Yáñez Neira, D.; Barral Ribadulla, D., ‘Santa María de Meira’, en Monasticón cisterciense gallego, cit., vol.2, 58-95, en concreto 83-84. 58 Couceiro Freijomil, A., Historia de Puentedeume y su comarca, 3ª ed., Puentedeume (1981) 89 y 101; vid., también Monterroso Montero, ‘Las artes figurativas’, cit., 423; López Sangil, J.L., Historia del monasterio de Santa María de Monfero, Diputación Provincial, A Coruña (1999) 90 y 117; Id., ‘Monfero’, en Monasticón cisterciense, cit., vol.2, 96-149, en concreto, p.128; Lorenzo Asprés, A., ‘O ocaso do mosterio de Monfero. Evolución, ruína e restauración’, Estudios Mindonienses, 26 (2010)599-657, en especial 615-616. 59 González García, M.A., ‘Mobiliario litúrgico del monasterio de Montederramo en el momento de la exclaustración’, en Actas del III Congreso Internacional, cit., vol.1, 632-641, en concreto 633; Folgar de la Calle, M.C.; Fernández Castiñeiras, E., ‘Restaurando la memoria. Intervenciones de la Dirección Xeral de Patrimonio en el Monasterio de Santa María de Montederramo’, en Opus Monasticorum V., cit., 341-380, en especial 354.

capilla mayor…60. Pero probablemente se construyó al tiempo que el nuevo retablo mayor, obra de Juan de Angés el Mozo de hacia 1594-94 y policromado en 163461. Fechada a mediados o tercer cuarto del siglo XVI, la chirola de Palazuelos presenta planta poligonal, con tres tramos adaptados al hemiciclo de la capilla mayor y se cubre con bóvedas estrelladas de crucería adornadas con terceletes y combados y claves colgantes, todo de yeso (Fig. 14). Los paramentos se enriquecen con pinturas en grisalla de estilo manierista, atribuidas al pintor Antonio Stella, quien en su testamento de 1591 reconoce haber hecho pinturas murales en el monasterio. Muestran los paneles centrales escenas de la Pasión de Cristo: Oración en el huerto, Prendimiento, Flagelación, Coronación de espinas, Camino del Calvario, Crucifixión y Descendimiento. En los lunetos, escenas pascuales y de la Virgen: Resurrección, Ascensión, Pentecostés, Asunción, Coronación de la Virgen, Anunciación y Visitación. En el costado oeste del tramo central, una hornacina está flanqueada por representaciones de la Justicia y la Fe, y a su vez por San Pablo y San Pedro; en su luneto, la Última cena62.

Fig. 14. Palazuelos. Chirola.

La de Carracedo, de planta cuadrangular, fue construida al tiempo que la iglesia, a fines del XVIII. Se divide en tres tramos, el central cubierto con cúpula de media naranja y los laterales con bovedillas de cañón; en la parte inferior del lado que corresponde a la capilla mayor vemos un amplio nicho con arco rebajado –posiblemente para guardar la custodia- y en la superior, a la altura de la ventana que ilumina el recinto, un amplio vano de medio punto que comunica con la capilla y actuaría como un transparente. Tanto en Oia como en Villanueva de Oscos apenas se conservan testimonios de su existencia. En el caso gallego, tenía planta rectangular, se cubría con bóveda de cañón y la ventana central del testero de la capilla mayor fue aprovechada y ampliada para comunicar con el expositor del retablo63. Y en cuanto al caso asturiano, flanqueando el altar mayor hay dos puertas de reducido tamaño hoy cegadas que en origen daban paso a la chirola, documentada ya a fines del siglo XVI: fray Bernardo de la Cruz (1590-93), adornó esta iglesia con la chirola y retablo o custodia que está en ella que costó todo tres mil ciento y treinta reales, y su

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González García, ‘Obras y mobiliario litúrgico’, cit., 1367 y 1371; Singul, ‘El monasterio de Santa María de Xunqueira’, cit., 60-61 y nota 40. 61 Bajo el relieve de la Adoración de los pastores, vemos pintado en una cartela el versículo 16 del salmo 88: BEATVS POPVLVS QUI SCIT IVBILATIONEM PS. 88 y a su lado otra con esta data: ANNO DOMINI 1634. Del mismo modo, bajo el relieve de la Epifanía encontramos el versículo 15 del mencionado salmo: MISERICORDIA & VERITAS PRECEDENT FACIEM TVAM PS. 88, acompañado también por la misma fecha. 62 Merino de Cáceres, Plan director, cit., 30-31; Ara Gil, ‘El monasterio de Palazuelos’, cit., 79; Fernández del Hoyo, M.A., ‘Antonio Stella, pintor italiano’, BSAA, XLVI (1980) 507-513, en concreto 512-513; Torre Tubero, A. de la, ‘Santa María de Palazuelos’, Argaya, 39 (2009) 55-58, en concreto 57-58). En diversas cuentas del libro de obras conservado se alude a retejos o reformas en los tejados (1749-50; 1758-59; 1700), renovación de vidrieras (1782-83; 1786-87) o pintura de sus puertas (1818-19) (‘Libro de obras de Palazuelos’, A.H.N., Clero, libro 16.516 (1681-1832). 63 Valle Pérez, La arquitectura cisterciense, cit., 281, 283 y 293 nota 101; Manso Porto, C., ‘El monasterio de Santa María la Real de Oia. Estudio histórico artístico’, Cuadernos de Estudios Gallegos, 115 (2002), 251-306, en especial 299.

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sucesor fray Bernardo de Quiroga (1593-96), pinceló y enlució la chirola64. La chirola de La Espina es algo diferente. No se trata de una estructura adosada a la capilla sino que se excavó en el grosor del hemiciclo absidal, por lo que es bastante estrecha, no más de un metro de ancho y comunica con el presbiterio por un hueco rectangular abierto en alto en el centro del ábside y por dos puertas en los extremos65. Aunque nada queda de ellas, sabemos que en Nogales, el cuatrienio de Malaquías Suarez (1759-63) se renovó el altar mayor, poniéndole muchas piezas, se quitó el lienzo de la Asunción y se puso una soberana imagen en bulto en representación de su felicísimo tránsito (…) Se doró todo, se estofaron de nuevo los santos patriarcas, se abrieron las puertas para la chirola, se compuso ésta y aquellas se doraron66. Algo más conocemos de la de Valparaíso. El 8 de agosto de 1618 Francisco García, Juan del Pozo y Juan del Cabo, maestros de cantería, se dan por pagados de los 300 ducados en que tenían concertada la obra de la chirola del dicho monasterio, con más otros trecientos reales que se nos añadieron a nuestra voluntad por el arco que fizimos debaxo de la fuente de la dicha obra67. En una descripción del monasterio de ca.1621-23 se indica lo siguiente: Detrás del altar maior ai una chirola, mui bien labrada de cantería y azulejos, y tres altares en ella en que se diçe todos los días misa68; y en un inventario de 15 de abril de 1763, consta que en ella había tres altares y un retablillo con un crucifijo de marfil sobre una peana de concha, y cuatro blandones tallados y sobredorados69.

Fig. 15. Sacramenia. Retablo mayor e interior de la chirola.

A esta nómina de chirolas debemos añadir otras que no son una construcción aneja al templo, sino que se originan al dejar un espacio relativamente amplio tras el retablo mayor, a modo de trasaltar. Como en los casos ya vistos, se accede a su interior por dos puertas que, abiertas en el retablo, una a cada lado del altar mayor; a sus espaldas puede levantarse otro altar con retablo, se practica un hueco para abrir desde ahí el expositor o se coloca un sagrario. En ocasiones actuó además como relicario. Este modelo de chirola lo encontramos en Sacramenia, Sandoval, San Clodio y Castañeda, y está documentado en Valbuena, Óvila y Huerta.

En la abacial segoviana, tras el retablo mayor -obra de Juan de Nates (1588) policromada en 1592-70, se habilitó un espacio cubierto con bóvedas de aristas que cobija, lindante con el altar mayor, una mesa de altar con frontal de azulejería sobre la que se erige un retablo de principios del XVIII; a sus pies, una lápida de 64

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Yánez Neira, ‘El monasterio de Villanueva’, cit., 674; Álvarez Castrillón, J.A. El monasterio de Santa María de Villanueva de Oscos: historia y fuentes, Ayuntamiento de Villanueva de Oscos, Villanueva de Oscos (2009) 43. Este último autor añade que en un inventario de 1744 se anotaba lo siguiente: Hay una pirámide de plata con su reliquia de San Froilán que está en la custodia de la chirola. Erróneamente las mencionadas puertas se han identificado en otras ocasiones como salidas al cementerio o incluso se ha supuesto que comunicaban entre sí (Monroy Fernández, P., Monasterio de Santa María de Villanueva de Oscos: estudio histórico-artístico del siglo XII al siglo XXI, Bubok Publishing, Madrid (2008) 82). 65 La única mención documental la hemos encontrado en una partida de abril 1790-abril 1791 del Libro de obras: componer una [puerta] de las de la chirola (‘Libro de Obras. Cuentas’, A.H.N., Clero, libro 17.948 (1735-1835) fol.147r). 66 Yáñez Neira, D., ‘Abadologio del monasterio leonés de Santa María de Nogales’, Archivos Leoneses, 76 (1984) 215-297, en especial 280. 67 Archivo Histórico Provincial de Zamora, Desamortización, 256; erróneamente Ferrero Ferrero, El imperial monasterio, cit., 11-12, conocedor del documento, la confunde con una girola monumental. 68 Papeles y relaciones de cosas de Valparayso y de Nuestro glorioso Padre S. Martín Cid (ca.1621-23) (Archivo Histórico Diocesano de Salamanca, 356/35, fol.168). 69 Rivera de las Heras, ‘Imágenes procedentes del desaparecido’, cit., 1544. 70 Merino de Cáceres, ‘Métrica y composición en la arquitectura’, cit., 90-99; Id., ‘Retablos herrerianos del monasterio de Santa María de Sacramenia’, R&R, 15 (1998) 50-57; Merino de Cáceres, J.M.; Fernández Urrutia, C., ‘Restauración de los retablos herrerianos del monasterio de Santa María de Sacramenia’, Estudios Segovianos, 101 (2001) 207-233).

pizarra negra indica la presencia de un enterramiento (Fig. 15). El interior del sagrario puede verse desde el presbiterio a través de un óculo ovalado practicado en el banco del retablo a la altura de la mesa de altar y que está rodeado de un letrero en el que aún se pueden leer las palabras consagratorias: [HIC] EST ENIM CORPUS MEUM. Cuando Jovellanos visita el monasterio de Sandoval en 1795 y describe la capilla mayor señala que hay, tras del retablo mayor, un camarín que llaman la chirola71. En efecto, a espaldas del retablo mayor se levanta otro más sencillo que decora sus Fig. 16. Sandoval. Retablo mayor e interior de la chirola. calles laterales con pinturas de escenas del Evangelio, mientras que la central presenta sobre la mesa del altar un armario-relicario con bustos de madera policromada y un sagrario –que comunicaba en origen con el tabernáculo original del retablo, pues el que hoy vemos es fruto de una remodelación tardía-, y encima un lienzo de la Virgen (Fig. 16). El retablo mayor, con trazas de fray Pedro Sánchez, monje del monasterio, fue construido entre 1605 y 1618; los relicarios fueron encargados en Valladolid en 1626, el dorado del retablo mayor y el de la chirola está documentado en 1667 y sabemos que al año siguiente pintose el retablo mayor por la parte de la chirola de flores, frutos, pedrería y cinco lienzos para los nichos del72. En San Martín de Castañeda, tras el retablo mayor, el espacio del hemiciclo absidal se cortó en altura instalando un artesonado pintado con florones (Fig. 17). La trasera del retablo se forró de madera y en torno a un hueco que en la parte superior comunicaba con el expositor delantero y en la inferior alojaba un sagrario, se pintó una hornacina adintelada con columnas y frontón con una cartela en la que se lee un versículo del profeta Isaías (45,15): VERE TUES DEUS ABSCONDITUS DEUS ISRAEL. Por la parte del presbiterio, una placa de madera situada bajo el expositor lleva pintadas las Fig. 17. San Martín de Castañeda. Retablo mayor e interior de la chirola. palabras consagratorias. Gracias a la documentación aportada por Miguel Hernández sabemos que el retablo se realizó en 1620 y doró en 1644, y que en 1779 se puso en el altar de la chirola otro sagrario para reservar a su Majestad73. A las espaldas del retablo mayor de San Clodio, obra de mediados del XVIII, se disponía un espacio relativamente estrecho –en la actualidad es más amplio al haberse desplazado el retablo hacia occidente para permitir una buena visión de las pinturas que decoran el hemiciclo absidal-, desde el que se podía abrir el expositor. A la altura del sagrario se conserva una suerte de banco policromado sobre el que probablemente se 71

Jovellanos, Melchor Gaspar de, Diario 2. Cuadernos V, conclusión, VI y VII (desde 1 septiembre de 1794 hasta el 18 de agosto de 1797, Centro de Estudios del Siglo XVIII-Ayuntamiento de Gijón, Gijón (1999) 363. 72 Casado, C.; Cea, A., Los monasterios de Carrizo y Sandoval, Edilesa, León (1986) 74, 96, 98, 102-104; Llamazares Rodríguez, F., El retablo barroco en la provincia de León, Universidad de León, León (1991) 65-68; Pérez Pérez, F.I.; Malagón Rojo, R.M., ‘Actuaciones sobre el mobiliario de Santa María de Sandoval’, en El monasterio de Sandoval: 150 años de abandono, Pro monumenta, León (1997) 25-103, en concreto 40-42; Sahelices González, Villaverde de Sandoval., cit., 184-185, 351-353 y 356-358. 73 El monasterio de San Martín, cit., 213 y 215.

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erigiría una hornacina donde colocar y manipular dignamente una custodia74. Como hemos apuntado más arriba, este tipo de chirola se documenta en otros monasterios. Para el caso de Valbuena, en una relación de obras llevadas a cabo en el monasterio desde la implantación de la reforma y durante la segunda mitad del XV está recogido lo siguiente documentado que fisose el atajo de tras del altar mayor con su yeso e sus dos puertas morilas segund la orden y que se fiso para el altar mayor un grand retablo graçioso75. En Óvila, durante el abadiato de Leonardo de Cartes (1587-81) se hizo la chirola con su bovedilla76. Y de la de Huerta contamos con un preciosa descripción en una carta que el Padre jesuita Pedro Juan Perpiñán dirigió a sus hermanos del Colegio de Coimbra el 27 de septiembre de 1561: Allí vimos entre otras cosas un sacrario que el Abad, movido de bueno y santo zelo, para mas reverenciar lo que agora más peligra en la Iglesia, hizo concertar y arrear tan ricamente, que entrar allí es entrar en un paraíso. Está hecho a manera de una capillita pequeña tras del retablo, donde se entra por una puertecita junta con el altar a usanza de aquella Orden. Dentro ay un altar vuelto para el altar mayor de la Iglesia en el qual está el Santo Sacramento en un tabernáculo ricamente labrado; las paredes de todas partes están cubiertas de imágenes sagradas pintadas de muy excelente mano, y en algunos cabos tienen asentados reliquiarios grandes y hermosos de plata con sus reliquias; y todo maravillosamente y suavemente resplandece con la lumbre que allí arde perpetuamente77. Este abad no era otro que Luis de Estrada, quien en abril de 1560 dejó escrita una relación de las reliquias que había guardado en unas cabezas de san Bernardo y de la Virgen que había mandado hacer y que se custodiaban en el Relicario del Santissimo Sacramento78. Y no fue exclusivo de los monasterios cistercienses de la Congregación de Castilla, sino que aparece documentado en algunos de la de Aragón y Navarra. En efecto, así se disponía en Poblet79, La Oliva80, Fitero81 74

Su funcionamiento como chirola ha sido señalado por Morgade Saavedra, P.; Rodríguez Rodríguez, A., Hotel monumento: mosteiro de San Clodio, Xunta de Galicia, Santiago de Compostela (2004) 185; y Goy Diz, A., O mosteiro de San Clodio de Leiro, Grupo Marcelo Macías-Fundación Caixa Galicia, Ourense-A Coruña (2005) 59. 75 García Flores, ‘Santa María de Valbuena’, cit., 568; Id., Arquitectura de la Orden, cit., 295. Este retablo sería sustituido por uno de Gregorio Fernández (ca.1615) y posteriormente, a mediados del XVIII, por el que hoy podemos admirar. 76 Yáñez Neira, ‘Abadologio del monasterio de Santa María de Óvila’, cit., 164 nota 53. 77 Gaudeau, B., De Petro Ioannis Perpiniani vita et operibus: accedunt non nulla opera Perpianininondum edita, Paris (1891) 153. 78 La transcripción de estas relaciones de reliquias puede verse en Fray Luis de Estrada (IV centenario de), ed. L. Esteban, Santa María de Huerta, Monasterio de Santa María de Huerta (1983) 411-418. 79 En el contrato firmado el 2 de abril de 1527 entre Damián Forment y el abad Pedro Caixal para hacer el retablo mayor de Poblet, se señala que en los extremos del banco tenía que hacerse un portal a cada part fet al romano (…) y detrás del banch en dret de la casa del mitx a de ver a una finestra per al Corpus, la qual finestra ho sacrari a de esser obrat de alguna grant hobra romana. En diciembre de 1728 el abad Félix Genover renovó el espacio e hizo construir una portada en el intercolumnio y el altar con retablo y frontal, todo de jaspe y alabastro (Finestres y de Monsalvo, J., Historia del real monasterio de Poblet, vol.1, Cervera (1753) 276-277; Vilarrubias, F.A., La antigua capilla de las reliquias del real monasterio de Poblet, Poblet, Abadía de Poblet (1961) 35-36; Altisent, A., Història de Poblet, Poblet, Abadía de Poblet (1974) 601 y 604; Liaño Martínez, E., Poblet: el retablo de Damián Forment, Edilesa, León (2007) 39, 59 y 205). 80 El monasterio de La Oliva contrataba en diciembre de 1571 a Rolan Mois y Paulo Scheppers, pintores, para hacer un retablo para la capilla mayor. En las condiciones se estipulaba: las ymágines que están señaladas en las puertas vaxas para entrar en el retablo sean los apóstoles sant pedro y sant pablo con sus insignias (…) Yten a las espaldas del retablo medio por medio a de quedar una camarita para la custodia y sanctíssimo sacramento que se abra con dos puertas, lo qual todo anssí camarita como puertas será de pinsel de buena mano y dorado, y lo que se pintare será historias o historia a propósito (…) y toda la obra de cabo a cabo, dorada, y toda la ymaginería estofada y dorada y puesta en perfección. La mazonería corrió a cargo de Juan de Rigalte y se asentó en 1589 (Castro, J.R., ‘Los retablos de los monasterios de La Oliva y Fitero’, Príncipe de Viana, III (1941) 13-26; Morales Solchaga, E., ‘A propósito del retablo mayor del monasterio de la Oliva, una de las joyas más preciadas de nuestro patrimonio’, en Presencia e influencias exteriores en el arte navarro, coord. M.C. García Gainza, R. Fernández Gracia, Cuadernos de la Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro, 3. Pamplona (2008) 621-637; Criado Mainar, J., ‘El retablo mayor del monasterio de La Oliva (1571-1587) y la renovación de la pintura zaragozana. Nuevas precisiones documentales’, Artigrama, 26 (2011) 557-581). 81 Para pintar, dorar y estofar el retablo de Fitero se contrató en junio de 1590 a Rolan Mois. En el contrato se estipulaba: Itten que el sagrario donde está el sanctísimo sacramento detrás del altar, dentro del sea de dar de azul con sus estrellas o un brocadillo a gusto del dicho señor abad y en las puertas dentro y fuera unos ángeles incensando pintados de colores dorados y estofados con puertas convenientes mayores que las que ahora tiene, y pintar la capillica que para la dezencia del santísimo sacramento se a de hazer; pero a la muerte de Rolan Mois quedaron sin pintar el sagrario y la capillica. Años más tarde, en 1638, fray Nicolás de Talavera y Castellet, abad de Valldigna y visitador por delegación del General, ordenaba: que se haga un sagrario detrás del altar mayor, de manera que, entrando en él, se conozca ser casa de Dios sacramentado y puerta del Cielo, porque parece muy indecente de la manera que hoy está y se haga un globo de plata para las formas y se quite el aforro de madera en que está la capilla, por

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y Veruela82; en todos ellos se guardaba el Santísimo y al menos en los dos últimos servía también de capilla relicario. La noticia más antigua sobre este tipo de chirola la encontramos en Valbuena, y en su parca descripción nos aclara que se hizo segund la orden. Expresión semejante se emplea al hablar de la de Huerta en 1561: Está hecho a manera de una capillita pequeña tras el retablo, donde se entra por una puertecita junta con el altar a usanza de aquella Orden; y más explícito es Finestres al describir la de Poblet en 1753: Es una capilla arrimada a las espaldas de el altar mayor, en la qual, conforme es estilo de la Orden, está la reserva de el Santísimo Sacramento. A juzgar por estas noticias, parece que era tradicional en los monasterios de la Orden la habilitación de capillas para el Santísimo en los trasaltares83. De hecho, una estructura semejante debió construirse en la capilla mayor de Clairvaux III: el altar mayor contaba con una imagen de la Virgen y un frontal rodeados por cuatro columnas con ángeles entre los que se desplegaban paños y telas; tras él, separado por algún tipo de estructura mueble o de fábrica, una retrocapilla albergaba un altar y los cuerpos santos de Bernardo -en el centro-, santos mártires -a la derecha- y Malaquías -a la izquierda-84. Esta compartimentación espacial en la capilla mayor de la casa francesa serviría sin duda de modelo para otros monasterios de la Orden. No obstante, no debemos confundir el altar de nuestras chirolas con el altar matutinal que desde al menos el siglo IX se detecta en las grandes iglesias tras el altar mayor y separado de él por algún tipo de cierre o separación y que podía servir, entre otras cosas, de capilla relicario y de reserva del Santísimo85. Sin duda, esta duplicidad de altares en el presbiterio de las basílicas plenomedievales influyó en la configuración de los espacios que venimos tratando, pero hay que aclarar que en los monasterios cistercienses la misa matutinal se celebraba siempre en el altar mayor86. ser cosa indecente para tan alto sacramento (Castro, ‘Los retablos de los monasterios’, cit.; Fernández Gracia, R., ‘En el centenario de la Adoración nocturna en Fitero: el culto eucarístico multisecular en la villa de Fitero’, Fitero (2009) 30-31; Id., ‘Culto y cultura. Un patrimonio mueble excepcional salvado de la desamortización en Navarra. Promotores y devociones. Artistas para señalados conjuntos’, en Fitero: el legado de un monasterio. Monasterio de Fitero, Navarra. 26 de abril a 29 de julio de 2007, Fundación para la Conservación del Patrimonio Histórico de Navarra, Pamplona (2007) 93-124). 82 Según Gregorio de Argaiz, fray Juan Jiménez de Tabaren 1617 hizo el trasaltar, que oy es depósito de la imagen de nuestra Señora de Veruela, donde están las reliquias, de que daré quenta, adornando aquella capilla con todas las pinturas que tiene de profetas, que al propósito hablaron de Dios sacramentados, y de su Madre (…) Fue por el sucessor puesto en la misma capilla de el trasaltar; en una sepultura tan honrada, y en tal disposición, que un rey se diera por muy contento con ella, porque viene a estar la cabeça al pie de el Altar…; más adelante, tras describir las reliquias que contiene, apunta: …a cuya capilla acompañan, y adornan dos altares, uno de S. Lorenço, y otro de S. Jorge, uno a cada lado, siendo en total tres los altares de esta capilla. La existencia de puertas en el retablo, contratado en 1540 y concluido en 1551, hace pensar que ya entonces se habilitó o estaba en proyecto hacer una capilla para custodiar el Santísimo (Argaiz, G. de, La soledad laureada por san Benito y sus hijos en las iglesias de España, VII: Teatro monástico de la santa iglesia, ciudad y obispado de Tarazona, Madrid (1675) 647-648 y 650-651; Ibáñez Fernández, J., SplendorVerolae: el monasterio de Veruela entre 1535 y 1560, Centro de Estudios Turiasonenses, Tarazona (2001) 159; Id., ‘La dotación artística del monasterio de Veruela durante el siglo XVI’, en Tesoros de Veruela: legado de un monasterio cisterciense. Monasterio de Veruela, Diputación Provincial de Zaragoza, 22 junio-16 octubre 2006, Diputación Provincial, Zaragoza (2006) 200-223, en concreto 205-210). 83 También podía custodiarse la reserva en un recipiente en forma de paloma suspendido sobre el altar mayor, en un armario excavado en el muro del presbiterio o en un tabernáculo exento situado junto al altar (Schneider, F., L’Ancienne Messe Cistercienne, Tilbourg, Abbaye de N. D. de Koningshoeven (1929)107-110; Aubert, M., L’architecture cistercienne en France, 2ª ed., vol.1, Paris, 323-324). 84 Carrero Santamaría, ‘Arte y liturgia’, cit., 509-514; Id., ‘En torno a San Bernardo. Trama y consecuencias de la retrocapilla de Clairvaux y el culto a las reliquias’ en Actas IV Congreso Internacional Cister en Portugal y en Galicia, vol.2, Braga-Oseira (2009) 931-951; Id., ‘Autour de saint Bernard. Chronologie et implications spatiales du culte des reliques à Clairvaux’, Cîteaux, 64 (1-2) 187-197. 85 Sobre estos espacios, vid., Carrero Santamaría, E., ‘Retrocapillas, trasaltares y girolas. Liturgia, reliquias y enterramientos de prestigio en la arquitectura medieval’, en Imágenes del poder en la Edad Media. Estudios in memoriam del Prof. Dr. Fernando Galván Freile, vol.2, coord., E. Fernández González, Universidad de León, León (2001) 65-83; Id., ‘El altar mayor y el altar matinal en el presbiterio de la catedral de Santiago de Compostela. La instalación litúrgica para el culto a un apóstol’, Territorio, sociedad y poder, 8 (2013) 19-52. 86 Los cistercienses siguieron el llamado sistema “basilical” de misas difundido por el monacato benedictino desde el siglo XI, aunque simplificado: misa conventual diaria o mayor, celebrada en el altar mayor después de tercia, y misas privadas en distintos altares distribuidos por la iglesia durante el tiempo de la lectio divina –oficiadas por un monje sacerdote acompañado de dos servidores-, a las que se añade los domingos y días de fiesta otra misa conventual llamada matutinal y que también se celebra en el altar mayor después de prima (Les Ecclesiastica Officia cisterciens du XIIeme siècle, ed. D. Choisselet; P. Vernet, Reiningue, Abbaye d’Oelemberg (1989)156-170, 180-185 y 171-180; Schneider, L’Ancienne Messe Cistercienne, cit.; Altermatt, A.A., La liturgia (oficio divino): centro de la existencia monástica. Apuntes y notas para el Curso de Formadores de la Orden Cisterciense, (Pro manuscripto), Roma, Curia General de la Orden Cisterciense (2001) 26-27); Dubois, M.-G., ‘L’eucharistie à Cîteaux au milieu du XIIe siècle’, Collectanea

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De otro lado, como hemos visto, la decoración que acompaña estas piezas está en plena sintonía con la función que desempeñaron: sagrario donde se custodia el Santísimo Sacramento, morada perpetua de Dios entre los hombres, presencia viva del misterio de Dios hecho carne. La cartela pintada en Castañeda hace alusión al Dios escondido, presente en la Eucaristía. Las leyendas que adornan los paramentos norte y sur de la de Meira nos indican que Yahvé está en este lugar y que Esto no es otra cosa sino la casa de Dios y la puerta del cielo –curiosamente, lo que alegó el visitador de Fitero al ordenar que el sagrario se renovara de forma digna87-, mientras que las que vemos en los pasos que conducen a su interior (Una sola es la entrada a la vida para todos y una la salida) aluden a que solo en la comunión con Cristo encontramos la verdadera vida; es más, la presencia en el testero oeste de las figuras de Benito y Bernardo arrodillados y mirando hacia el vano central donde seguramente se alojara la custodia, recuerda a las representaciones de los dos santos adorando el Santísimo Sacramento que podemos ver, por ejemplo, en la iglesia del antiguo monasterio de monjas cistercienses del Sacramento, en Madrid; las figuras de santos y beatos que los acompañan con libros abiertos en las manos, en actitud meditativa, bien se podrían relacionar con la importancia para la vida del monje de la lectura orante y estudio de las Sagradas Escrituras, que revelan a Jesucristo, Palabra encarnada. En Palazuelos los paneles centrales están ocupados por episodios de la Pasión, mientras la hornacina donde se guardaba la custodia está coronada por la Última Cena. Y las escenas que aún se pueden ver tras el retablo actual de Huerta –Ofrenda de Abel y Caín y Sacrificio de Isaac-, pintadas hacia 1580, como prefiguraciones del sacrificio de Cristo son claramente eucarísticas. Como capilla del Santísimo o Sagrario su papel era destacado en el ceremonial de la Congregación88. Durante la misa mayor, si era día de sermón, tras incensar las ofrendas y una vez que el diácono ha incensado al sacerdote, vaya por la chirola incensando, inciense tres tiempos al sagrario, y salga por el lado del evangelio. Si no hay chirola, pase de un lado a otro del altar, acomodando en quanto pueda las ceremonias89. Los días de comunión –domingos y fiestas- y renovación –domingos y Jueves Santo-, después de la elevación del cáliz, el diácono acompañado por el servidor con el incensario y de otros dos monjes con hachas se introducen en la chirola hasta llegar al sagrario; tras incensar la custodia, la llevan al altar mayor y se renuevan las formas; los monjes comulgarán a la derecha del altar, pasarán por detrás de él -si hay chirola, irán por ella- hasta llegar al lado izquierdo, en donde recibirán las abluciones. Tras la bendición final con el Santísimo, la custodia se devuelve a su sitio de la misma forma90. Si un domingo no se renuevan las especies, el sacristán lo hará el lunes siguiente, diciendo misa en el altar de la chirola; si no la hay, en el mayor, llevando tres formas las ofrecerá y consagrará; lo mismo se hace el día siguiente al Corpus91. Los primeros domingos de mes, después de tercia, se bendice el agua: el sacerdote que preside la misa mayor se dirige delante del altar y lo asperja, luego irá al lado de la Epístola y lo rodeará hasta llegar al lado del Evangelio echando agua bendita; si no hay chirola ni espacio tras el altar, se asperjará por delante de un lado al otro92. Los terceros domingos de cada mes, tras la misa mayor, se hace procesión con el Santísimo por el claustro e iglesia, y una vez finalizada, si hay chirola, el

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Cisterciensia, 67 (2005) 266-286; Kerr, J., An Essay of Cistercian Liturgy, 8-9, http://cistercians.shef.ac.uk/cistercian_life/spirituality/ Liturgy/Cistercian_liturgy.pdf (acceso en 14-6-2013). Los cistercienses de la Congregación de Castilla permanecieron fieles a las tradiciones litúrgicas de la Orden (Gibert Tarruell, J., ‘Aproximación a la espiritualidad’, cit., 1771-1772), y en sus rituales señalan de forma expresa que ambas misas –mayor y matutinal- se dicen en el altar mayor (Usos 1565, 1ª parte, cap. XV, 36v-37v; 1586, 1ª parte, cap. IX, 33;1671, 1ª parte, cap. XVI, 126;1787: 1ª parte, cap. XVI, 66; 1798: 1ª parte, cap. XVI, 96. Ya en el Capítulo celebrado en Huerta en 1498 se estipula: En todas las fiestas deben celebrarse en las iglesias misa matutinal por el convento en el altar mayor, sin canto –vid. nota 11). 87 Vid., nota 78. 88 La mención expresa a la chirola no la encontramos en los Usos hasta 1586. En la edición anterior (1565) se alude a ir por detrás del altar (donde se pudiere hazer) o por detrás del [altar],… al lugar donde está la custodia al describir determinados momentos de las celebraciones litúrgicas que, en las ediciones posteriores, se asocian a la chirola. 89 Usos 1565: 1ª parte, cap. XV, 44r; 1586: 1ª parte, cap. XV, fol.55; 1671: 1ª parte, cap. IX, 76; 1787: 1ª parte, cap. XXI, 95; 1798: 1ª parte, cap. IX, 57. 90 Usos 1565: 1ª parte, cap. XV, 49v-53r;1586: 1ª parte, cap. XV, fol.61-63 y 64; 1671: 1ª parte, cap. IX, 87-91 y cap. X, 95-97; 1787: 1ª parte, cap. XXII, 101-103, cap. XXIII, 109-110; 1798: 1ª parte, cap. IX, 59-60 y 65-66, cap. X, 70. 91 Usos 1787: 1ª parte, cap. XXII, 104, 3ª parte, cap. XXIII, 362. 92 Usos 1565: 1ª parte, cap. XII, 33; 1586: 1ª parte, cap. XIII, fols.45v-47r; 1671: 1ª parte, cap. XV, 120-121; 1787: 1ª parte, cap. XIX, 77; 1798: 1ª parte, cap. XV, 93.

presidente irá a guardar la custodia acompañado por la comunidad93. Cuando hay que llevar el viático a algún monje enfermo, se reúne la comunidad en la capilla mayor, y si la custodia no se puede sacar por delante del altar, sino por la chirola, vaya el sacerdote acompañado de los más que cupieren sin apremio en la chirola, con sus luces, cojan la forma y continúen la ceremonia; lo mismo harán para encerrarla94. De su utilización como relicario nada dicen los Usos, si bien hay que notar que en estos rituales no se mencionan las reliquias y su culto en ningún punto y que cada monasterio optaría por una solución diferente a la hora de guardar su más precioso tesoro95. En el caso de las chirolas hemos advertido cómo esta función está documentada en las de Huerta y Sandoval, por citar ahora únicamente aquellos cenobios pertenecientes a la Congregación de Castilla, e incluso podría pensarse que las representaciones de santos y beatos que vemos en la de Meira hagan alusión a las reliquias que de ellos allí se custodiaban. Sea como fuere, no es extraño que las reliquias de los santos y santas venerados en los monasterios se guardaran en estos recintos acompañando al cuerpo sacramentado de Cristo, sin duda la reliquia más preciada, la del Dios hecho hombre96. Por otro lado, en al menos una ocasión –Sacramenia-, este espacio sirvió también como lugar de enterramiento, uniéndose el culto al Santísimo con la espera en la resurrección, que se alcanza mediante la comunión con Cristo en la Eucaristía. La novedad aportada por la Congregación de Castilla respecto a la tradición cisterciense anterior fue la de monumentalizar este espacio al modo de las capillas sacramentales cartujanas, en donde desde el siglo XV se dispone tras la capilla mayor y su retablo, una capilla-relicario donde se custodia el Santísimo, y cuyo primer testimonio se encuentra en la cartuja sevillana de Las Cuevas (1436)97. Antes de pasar a otro punto debemos considerar otra solución que, aún no constituyendo en sí una chirola, pudo servir como tal: la resultante de la disposición de un baldaquino unido al altar pero exento, tras el que queda libre un espacio para la deambulación y que contó en ocasiones con un sagrario para el Santísimo en la parte trasera. En A Franqueira, ca.1700 se amplió la zona de la cabecera y se situó en un baldaquino la imagen de la titular del monasterio, y en 1740 se dice: Está su altar en tal disposición que se puede andar en círculo alrededor de su circunferencia98. El baldaquino central del retablo mayor de Valbuena, de mediados del XVIII, deja practicable tras él un corredor a manera de girola, pero el sagrario se situaba sobre el altar99. En Huerta, el retablo (1765-66) contaba con un templete-expositor exento de planta cuadrangular, hoy retirado 93

Usos 1787: 1ª parte, cap. XXVIII, 125-128 Usos 1671: 1ª parte, cap. XXI, 150-151; 1787: 1ª parte, cap. XXXVI, 153. En el ritual de 1787 se ordena que en todas las Iglesias de los Monasterios de la Orden ha de haber un Altar, que tenga Sagrario con puerta, llave, y Sacramento, esto es, un Copón, o caxa con formas consagradas, que se utilizaría desde entonces para dar la comunión a los religiosos que no pudieron comulgar en la misa mayor, a los fieles y para el viático (1ª parte, cap. III y XXXVII, 30-34 y 148-153). 95 Más adelante hablaremos sobre los retablos y capillas relicarios. 96 En la visita que hizo Ambrosio de Morales (1572) a algunos monasterios de la Congregación describe cómo las reliquias se guardaban junto a la custodia: en Carracedo las arquitas están con mucha decencia metidas tras dos rejas de hierro doradas, colaterales en el retablo de la Custodia del Santísimo Sacramento y en Nogales, la reliquia de San Antonio Abad, metida en un brazo de plata, está guardada siempre dentro de la Custodia del Santísimo Sacramento (Viage de Ambrosio de Morales por los reinos de León y Galicia y Principado de Asturias, por orden expresa de Su Majestad Felipe II, para reconocer las reliquias de los santos, los sepulcros reales y los libros manuscritos custodiados en cathedrales y monasterios, ed. E. Flórez, Madrid (1765) 168 y 184). 97 Sobre estos espacios, vid., Ibáñez Fernández, J.; Criado Mainar, J., ‘Manifestaciones artísticas de la Contrarreforma en Aragón. El trasagrario del convento de San Francisco de Tarazona (Zaragoza)’, Turiaso, XV (1999-2000) 95-126, en especial 110-116; Rodríguez G. de Ceballos, ‘Liturgia y configuración del espacio’, cit., 49; Id., ‘Edificios singulares de España en relación con el culto eucarístico’, en L’architecture religieuse européenne au temps des réformes: héritage de la Renaissance et nouvelles problématiques, ed. M. Chatenet y C. Mignot, Picard, Paris (2009) 231-240; Bernales Ballesteros, J., ‘El sagrario de la Cartuja de las Cuevas’, Laboratorio de Arte, 1 (1998) 145-162. 98 Valle Pérez, J.C., O mosteiro de Santa Maria da Franqueira durante a Idade Media, Diputación de Pontevedra, Pontevedra (1999) 52-53 y 95 nota 30). La relación con los otros modelos de chirola ha sido realizada por Carrero Santamaría, ‘Arte y liturgia’, cit., 514 nota 35. 99 Arias Martínez, M., Monasterio de Santa María de Valbuena de Duero (Valladolid). Pinturas murales y bienes muebles (inédito), 2628; Vicente Pradas, J.M.; Martín Lozano, J.E., Monasterio de Santa María de Valbuena:‘Las Edades del Hombre’. Arte y evangelización, Edilesa, León (2008) 29-30. Curiosamente, en el libro de obras y pleitos, hay una partida relativa a composición de vidrieras (179495), en la que se dice: En componer las del claustro, hacer una nueva en el refectorio, algunas de la Sala, y otra de la chirola trescientos sesenta y cinco reales (‘Cuentas de obras y pleitos, 1776-1835’, A.H.N., Clero, libro 16.613). 94

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a los pies del templo, y según el contrato realizado por Félix Malo el tabernáculo ha de estar colocado sobre tres gradas y en medio de ellas la reserva como lo demuestra el diseño100; según información facilitada por algunos monjes que lo vieron antes de que fuera desmontado, en la parte posterior había una cavidad cerrada, a modo de sagrario. Finalmente, Armenteira cuenta con un baldaquino exento de planta semicircular adaptada a la planta del ábside en cuya parte trasera se dispone un pequeño altar con su sagrario (1780)101.

Esta otra es más bonita y sobre todo moderna No hay duda de que las distintas abadías trataron, según sus posibilidades, de cambiar la imagen interior y exterior de sus iglesias, renovándolas no por necesidad sino por el deseo de poseer unos templos “modernos”, suntuosos y monumentales, que respondían a los gustos del momento102. En algunas ocasiones las obras afectaron a la primitiva cabecera, como en Acibeiro, en donde a finales del XVI-principios del XVII se sustituyen las bóvedas románicas de la capilla mayor por unas bóvedas de crucería estrellada, atribuidas a Juan de la Fuente103; o en Herrera (1680) y Rioseco (1691), que vieron cómo se abrieron a los lados de sus capillas mayores dos grandes arcos que comunicaban con las laterales para que se pudiese ver el altar mayor desde todas las partes104. Más amplio fue el proyecto de fray Lorenzo de Orozco, abad de La Espina, quien en 1546 mandó derribar la capilla mayor de la iglesia por ser algo escura y pequeña conforme al cuerpo de la iglesia; esta obra, que también afectó a las capillas colaterales intermedias y al cimborrio, se terminó en 1558 y en ella participó Gonzalo de Sobremazas (Fig. 18)105.

Fig. 18. La Espina. Planta de la cabecera y vistas de la capilla mayor.

De igual modo, las armaduras de madera que cubrían las naves de algunos templos se sustituyen ahora por bóvedas de piedra, como en Valdeiglesias en la primera mitad del siglo XVI (Fig. 19)106 o en San Clodio 100

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Manrique Ara, M.E., ‘Hacia una biografía de Félix Malo, maestro escultor de Barbastro afincado en Calatayud (ca.1733-1779): datos familiares y profesionales inéditos’, Boletín del Museo e Instituto Camón Aznar, LXIV (1996) 99-125, en concreto 114. 101 Valle Pérez, J.C., El monasterio de Armenteira, Museo de Pontevedra, Pontevedra (1977) 53-54. 102 Por ejemplo, González García, ‘Reforma y reformas’, cit., 162; Folgar de la Calle, M.C., ‘La eclosión del Barroco’, en Opus Monasticorum. Patrimonio, cit., 167-213, en concreto 167. 103 Goy Diz, ‘La arquitectura monástica en la provincia’, cit., 59-60. 104 Cadiñanos Bardeci, Monasterios medievales mirandeses, cit., 11; Id., ‘El monasterio de Santa María de Rioseco(Burgos)’, Cistercium, 215 (1999) 325-351, en especial 342, 344 y 346; Id., Monasterio cisterciense de Santa María de Rioseco (Valle de Manzanedo-Villarcayo): historia y cartulario, Asociación Amigos de Villarcayo, Villarcayo (2002) 88; Cantera Montenegro, El yermo camaldulense, cit., 7. 105 ‘Tumbo’, Monasterio de la Santa Espina, fol.66v-n.110 a 67v-n.112; García Flores, La arquitectura de la Orden, cit., 110. 106 Vela Cossío, F.; García Hermida, A., ‘Metrología y construcción de la iglesia del monasterio de S.M. la Real de Vadeiglesias (Pelayos de la Presa, Madrid)’, en Actas 4 Congreso Nacional de Historia de la Construcción, Santiago 27-29 enero 2005, Madrid (2005) 329-339, en concreto 334-35; Díaz, I.; Garín, A.; Lemus, L., ‘Estudio histórico-arquitectónico del monasterio de Valdeiglesias (Madrid)’, en Actas 7 Congreso Nacional de Historia de la Construcción, Santiago 26-29 octubre 2011, Madrid (2011) 1447-1455, en concreto 1445 y 1448.

(Fig. 20), cuya nave central se aboveda durante el abadiato de Julián Marcos (1799-1803), completándose algunos tramos de las laterales bajo los abades Antonio Sánchez (1803-07), Florencio de Párraga (1807-16) y Edmundo Salces (1816-19)107.

Fig. 19. Valdeiglesias. Planta (M. García Benito).

Fig. 20. San Clodio. Vista de la nave central hacia la cabecera.

Y también se levantan grandes fachadas occidentales adosadas a las originales. La de Oseira, adosada a la primitiva, fue iniciada durante el abadiato de fray Félix de Bárcena (1638-41) y rematada por su sucesor, Dionisio Cimbrón (1641-44), aunque en tiempos de Gabriel Lirio (1650-52) se colocaron las estatuas de San Benito y San Bernardo, se derribó la antigua y amplió la iglesia por los pies. Las trazas se atribuyen a Alonso Sardiña, siendo el ejecutor material Miguel Arias de Barreira y el escultor, Francisco de Moure, hijo (Fig. 21)108. La de Valdeiglesias data de fines del XVII o principios del XVIII-109; en Oia se alzó durante los abadiatos de Ángel San Martín (1710-13) y Malaquías Gutiérrez (1713-17)-110; la de La Espina es obra de un

Fig. 21. Oseira. Fachada occidental.

Fig. 22. La Espina. Fachada occidental.

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González García, M.A., ‘Construcción de las bóvedas de las naves laterales de la iglesia monasterial de San Clodio (Ourense)’, en Actas Congreso Internacional sobre San Bernardo e o Cister en Galicia e Portugal, 17-20 outubro 1991 Ourense-Oseira, II, Ourense (1992) 989-1000; Fernández González, F., ‘Aproximación al abadologio del monasterio de San Clodio de Ribeiro’, en Actas del III Congreso Internacional, cit., vol.1, 95-121, en concreto 117-118. 108 Bonet Correa, A., La arquitectura en Galicia durante el siglo XVII, CSIC, Madrid (1984) 231-234; Yáñez Neira, D., ‘El monasterio de Osera cumplió ochocientos cincuenta años’, Archivos Leoneses, 85-86 (1989) 155-257, en concreto 219; Valle Pérez, La arquitectura cisterciense, 103 y 116; González García, M.A.; Yáñez Neira, D., El monasterio de Oseira, Caixa Ourense, Ourense (1996) 114. 109 Vela Cossío y García Hermida, ‘Metrología y construcción’, cit., 338; Díaz, Garín y Lemus, ‘Estudio histórico-arquitectónico’, cit., 1448. 110 Bonet Correa, La arquitectura en Galicia, cit., 559-560; Valle Pérez, La arquitectura cisterciense, cit., 285 y 293 nota 114; Goy Diz, ‘La arquitectura monástica en la provincia’, cit., 64; Manso Porto, ‘El monasterio de Santa María la Real de Oia’, cit., 296-299; Pereira Morales, A.M., ‘El monasterio de santa María de Oia. Intervenciones arquitectónicas del siglo XVIII, Quintana, 2 (2003) 211-225, en concreto 215-217.

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discípulo de Ventura Rodríguez, realizada ca.1782-1790 (Fig. 22)111; y la de Acibeiro sería rematada en 1792112. El proyecto que el General Reformador Ángel Manrique quería para su monasterio de profesión, Huerta, era aún más ambicioso. El 31 de octubre de 1628 hacía testamento fray Francisco de San Bernardo dejando una importante cantidad de dinero, cuyos réditos quiso el Reformador se destinasen íntegramente para la fábrica del templo. En un memorial escrito de su mano, Manrique ordenaba que se acometieran las siguientes obras: hacer una girola con tres capillas; sustituir las bóvedas góticas de transepto y naves por bóvedas de cañón con lunetos, ampliando el ancho de las naves laterales; elevar un gran cimborrio en el crucero y una nueva tribuna para el órgano; sustituir la portada occidental por una a lo moderno; adquirir un retablo mayor nuevo, bancos para el coro y rejas de hierro para el sotocoro; losar la capilla mayor y enladrillar el resto del templo113. De todas estas obras sólo se llevó a cabo la ampliación de las naves laterales, durante el abadiato de Manuel de Cereceda (1632-35)114. Fig. 23. Montesión. Proyecto de reforma del Pero la falta de monetario no frustró, como veremos más adelante, los templo (España. Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. Archivo General de Sideseos de renovación que los monjes de Huerta querían para su iglesia. mancas. Mapas, planos y dibujos, 9,38). Otra reforma que no vio la luz fue la ideada para Montesión en 1742. Su fin era colocar con decencia el cuerpo de San Raimundo, fundador de la Orden de Calatrava, pues tiene tan venerado tesoro la desgracia y compasiva miseria de estar en un nicho tan desaseado y obscuro. El monasterio no podía costear la construcción de una capilla más digna, por lo que solicitaron ayuda al Consejo de Órdenes. Fue finalmente la Orden de Calatrava la que se encargó de hacer el proyecto, pero no de una capilla, sino de una reforma integral de la iglesia, que era muy baja de techos y de fábrica muy antigua, para que resultara más perfecta y hermosa, y colocando en la capilla mayor el cuerpo del santo, fuese este el principal objeto de los fieles. La búsqueda de fondos para subvencionar la obra fue infructuosa, y el nuevo templo proyectado por José Hernández Sierra, maestro mayor de obras de la ciudad de Toledo (Fig. 23), quedó suspendido115.

Fig. 24. Santa Ana de Madrid. Proyecto de reforma del templo (Madrid. Biblioteca Nacional, Dib.14/6/13) 111

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Y lo mismo hay que decir del templo diseñado por Ventura Rodríguez para Santa Ana de Madrid (1753). Según Antonio Ponz (1782) la iglesia del monasterio era muy angosta y de pobre construcción y la proyectada, de la que Ceán Bermúdez llegó a ver los planos y dibujos, fue descrita por éste de la siguiente manera: Era elíptica su planta, y semielípticos el presbiterio y la entrada, adornada interior y exteriormente con el orden corintio, mucha

Martín González, J.J., Arquitectura barroca vallisoletana, Diputación Provincial, Valladolid (1967) 170-171; San José Negro, J.I., La Santa Espina: el monasterio y su entorno, Diputación Provincial, Valladolid (2002) 74-75; García Flores, Arquitectura de la Orden, cit., 135-136; PUENTE, R., El monasterio cisterciense de la Espina, Albanega, León (2012) 71. 112 Rodríguez Fraiz, A., O mosteiro de Aciveiro: Tierra de Montes, Diputación Provincial, Pontevedra (2005) 49-50 y 197; Goy Diz, ‘La arquitectura monástica en la provincia’, cit., 60. 113 Archivo Histórico Provincial de Soria, caja 4988, doc. 6 (vid. Apéndice documental); cfr., ‘Tumbo segundo’, fol. 138 (Archivo Monasterio de Santa María de Huerta); Romero Redondo, A., El Cister en Soria, Diputación Provincial, Soria (2000) 79. 114 Cordón, ‘Memoria cronológica de los abades’, cit., fol. 75v; cit., por Romero Redondo, El Cister en Soria, cit., 79. Años después, en 1661, fray Miguel Calvo de Quijada hacía testamento y dejaba unas cantidades para ayudar haçer el tabernáculo, chirola o portada, o otra fábrica o empleo concerniente al culto de dicha iglesia (Archivo Histórico Provincial de Soria, caja 4988, doc. 8; cfr., ‘Tumbo segundo’, cit., fol. 140v). 115 Archivo General de Simancas, Hacienda, legajo 129; MPD 09, 038; Martín González, J.J., ‘Una reforma proyectada en la iglesia del convento de Nuestra Señora del Monte Sión, de Toledo’, BSAA, 14 (1947-48) 227-229.

escultura y ornatos del buen gusto romano (Fig. 24)116. Algunas pocas iglesias, sin embargo, serán reconstruidas por completo y, a juzgar por las noticias documentales, no fue como consecuencia de la ruina de las primitivas, sino a un deseo de responder a los gustos del momento. La iglesia medieval de Montederramo, según sus monjes, pedía ser sustituida por otra más grandiosa a tono con el estilo del nuevo monasterio, por lo que se decidió levantar una nueva (1598-1635). Con trazas del jesuita Juan de Tolosa y de Simón de Monasterio, fue ejecutada por los hermanos Pedro y Juan de la Sierra117. Según el tumbo de Monfero, la primitiva iglesia era mui buena Fig. 25. Monfero. Vistas exterior e interior. y sumptuosa, con tres nabes, pero para que estuviera acorde con el resplandor de los claustros y el ejemplo de otros monasterios, se derribó en 1620-23. Las trazas para la nueva obra las dio Simón de Monasterio, siendo desde 1625 Juan Martínez su maestro; el 20 de febrero de 1655 se finaliza el grueso de las obras y se traslada con solemnidad el Santísimo Sacramento; y de 1655-1665 aproximadamente data el diseño del coronamiento y construcción de las torres de su fachada occidental (Fig. 25)118. En Sobrado, cuyo templo era según Yepes (1613) antiguo, fuerte y devoto, y se dice es de los tiempos de los primeros fundadores, se había terminado una nueva fachada en 1676, pero al año siguiente se decide construir una iglesia totalmente nueva, conservando las capillas del Rosario, la de San Juan, la sacristía y la fachada recién levantada. Pedro Monteagudo corrió a cargo de la obra hasta 1704, en que le sustituye Domingo de Andrade, finalizando en 1710; el testero de la capilla mayor, se rehízo posteriormente para un mejor emplazamiento del nuevo retablo mayor (1776-79) (Fig. 26)119.

Fig. 26. Sobrado. Vistas exterior e interior.

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‘Sección o corte que demuestra un lado interior del nuevo templo de San Bernardo, que se ha de construir en esta Corte’ (Biblioteca Nacional, Madrid, Dib/14/6/13). Ponz, A., Viage de España, vol. 5, 3ª reimp., Madrid (1793) 194; Rodríguez Ruiz, D., ‘Dibujos de Ventura Rodríguez’, en Dibujos de arquitectura y ornamentación de la Biblioteca Nacional. II. Siglo XVIII, ed. I. García Toraño, Biblioteca Nacional, Madrid (2009), 129-130. 117 Bonet Correa, La arquitectura en Galicia, cit., 189-193; Ferro Couselo, J., ‘Las obras del convento e iglesia de Montederramo en los siglos XVI y XVII’, Boletín Auriense, I (1971) 145-186; Valle Pérez, La arquitectura cisterciense, cit., 192 -194; Singul, El monasterio de Santa María de Montederramo, cit., 57-70; Folgar de la Calle, M.C.; Fernández Castiñeiras, E., ‘Del esplendor a la ruina. La recuperación del mobiliario litúrgico de la iglesia del monasterio cisterciense de Santa María de Montederramo (Ourense)’, Estudos de conservaçâo e restauro, 3 (2011) 110-129, en concreto111-112; Goy Diz, A., ‘Las sacristías monásticas del Renacimiento en Galicia: el caso de la Ribeira Sacra’, en Opus Monasticorum V, cit., 121-161, en concreto124-126; Folgar de la Calle, M.C.; Fernández Castiñeiras, E., ‘Restaurando la memoria...’, cit., 343-349. 118 Bonet Correa, La arquitectura en Galicia, cit., 207-2013, 237-240; Vigo Trasancos, A., ‘Un proyecto de coronamiento para la fachada de la iglesia monástica de santa María de Monfero’, en Estudios de Historia del Arte en honor del prof. Dr. D. Ramón Otero Túñez, Universidad de Santiago de Compostela, Santiago de Compostela (1993) 311-323, en concreto 318-319;López Sangil, Historia del monasterio, cit., 83, 105, 109, 114, 251; Id., ‘Monfero’, cit., 138-139; Lorenzo Asprés, ‘O ocaso do mosteiro de Monfero’, cit., 609614. 119 Bonet Correa, La arquitectura en Galicia, cit., 344-358; Valle Pérez, La arquitectura cisterciense, 66, 70 y 85 nota 79; González

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Figura 27. Carracedo. Vista interior hacia la cabecera y exterior del costado sur.

También la nueva iglesia de Carracedo respondía a los deseos de modernidad de su comunidad (Fig. 27. En efecto, en 1843 un monje exclaustrado relataba que la iglesia estaba como hecha de ayer, pero los monjes la tiraron a fines del siglo pasado (…) porque como el presbiterio era muy reducido no se podía celebrar bien de pontifical y así hubo que tirarla y hacer en su lugar esta otra, que es más bonita y sobre todo moderna. En 1792 Jovellanos refiere cómo ya entonces se estaba pensando en un nuevo templo, pero que el abad quería conservar la vieja iglesia, que era larguísima, estrechísima, y por lo mismo parece altísima, aunque la capilla mayor es ruinísima. Las obras comenzaron en julio de 1796, pero no llegó a terminarse por la guerra de la independencia, pleitos con los vecinos y las exclaustraciones120.



Fig. 28. Vista interior antes de la restauración y estado actual (Archivo Monasterio de Huerta).

La falta de monetario impidió, como hemos visto, intervenciones de gran calibre en algunos monasterios. Sin embargo, había otras soluciones con las que transformar el ámbito sacro sin necesidad de cambiar la arquitectura de la iglesia: la yesería y la pintura mural. En Huerta, durante el abadiato de Lucas Prida (175963), se blanqueó toda la yglesia con sus naves, capillas i iglesia del Barrio, con los adornos que se ven121. En efecto, muros y bóvedas recibieron una profusa decoración de yesos que, además de ser barato y de fácil

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López, ‘La actividad artística’, cit., 221-223; Bermell, J., Monasterio de Sobrado, Everest, León (2005) 9-11, 23-33. 120 Casado, C., ‘Estampas de Carracedo (siglos XVIII y XIX)’, Bierzo (1990) 121-132, en concreto 123-126; González García, M.A., ‘Aportaciones a la historia constructiva de la actual iglesia monasterial de Carracedo’, Bierzo (1990), 211-218, en especial 211-212; Balboa de Paz, J.A., El monasterio de Carracedo, Diputación Provincial, León (1991) 174, 195, 182-185; Fernández Vázquez, V., Arquitectura religiosa en el Bierzo (s. XVI-XVIII), vol.2, Fundación Ana Torres Villarino, Ponferrada (2001) 483; Ortiz Espinosa, D., ‘Abadologio de Carracedo’, Tierras de León, 113 (2001) 59-92, en concreto 89; Alonso Álvarez, P., Los abades del monasterio de Carracedo (990-1835), Ayuntamiento de Ponferrada, Ponferrada (2003) 144, 151 y 181. 121 Cordón, ‘Memoria cronológica de los abades’, cit., fol. 87v.

manejo, aportaba un aspecto rico, digno y moderno (Fig. 28). También Valbuena (Fig. 31) a mediados del XVII122 y Rioseco en el XVIII123 se conformaron con enmascarar la vieja fábrica medieval con yeserías. Por lo que se refiere a la pintura mural, en algunos monasterios el espacio pintado se reduce a la capilla mayor y su entorno. Las que adornaron la bóveda del hemiciclo de Villanueva de Oscos, realizadas durante el abadiato de Plácido Gutiérrez (1662-65) y que representaban una adoración del Santísimo Sacramento, desaparecieron durante restauraciones recientes124, lo mismo que las que cubrían la superficie comprendida entre el arco triunfal de la capilla mayor y la bóveda del crucero de Valdediós, en las que Francisco Reiter Elcel hacia 1762 pintó quatro ángeles y al medio el Espíritu Santo con sus raios y réfagas de oro adornado de serafines125. También fueron víctimas de intervenciones semejantes las que enriquecían los presbiterios de Valbuena126, Palazuelos127 y Monsalud128. Del mismo modo el paso del tiempo y el abandono hicieron que se perdieran las que engalanaban la capilla mayor de Moreruela, obra del José Sánchez de la Fuente (1660), en la que se podían ver Fundaciones de monasterios, con variedad de payses, terraços y cielos; un hermoso y capaz escudo de las armas de la Religión; emperadores o reyes… sobre pedestales; o cinco sanctos de la Religión129. Más suerte han corrido las de Oia: sobre el arco de acceso a la capilla mayor vemos un águila bicéfala bajo la cual hay dos escudos –del monasterio y del reino de Castilla y León- , y más abajo, en las enjutas, los monarcas Alfonso VII y Sancho el Deseado (1777)130. O las de Huerta, en donde en 1580 el abad Luis de Estrada encargaba al pintor genovés Bartolomé de Matarana la realización de un ciclo pictórico del que en la actualidad se pueden contemplar dos escenas de la batalla de las Navas de Tolosa en los costados del presbiterio, Alfonso X, Fernando de la Cerda y sus maceros en los pilares de embocadura y los cuatro evangelistas en su bóveda (Fig. 29)131; por detrás del retablo se pueden ver la Ofrenda de Caín y Abel y el Sacrificio de Isaac, y otros dos maceros como los de la embocadura de la capilla y, sobre ellos, los reyes Alfonso VII y Alfonso VIII. Fig. 29. Huerta. Pinturas de la capilla mayor.

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En una ‘Tabla de los Padres Generales, que han salido de Valbuena’ se dice de Alonso Guerrero, elegido para el cargo en 1653: A este general se le debe todo el adorno que hoy tiene la iglesia deste monasterio y está enterrado en él (A.H.N., Clero, legajo 7.658). 123 Cadiñanos Bardeci, ‘El monasterio de Santa María de Rioseco’, cit., 342 y 343; López Sobrado, E., Santa María de Rioseco: el monasterio evocado, Proyecto Aldaba, Burgos (2011) 85. 124 Yáñez Neira, ‘El monasterio de Villanueva’, cit., 682; Monroy, Monasterio de Santa María de Villanueva, cit., 86-87, 188. 125 ‘Libro de obras, 1580-1769’, A.H.N., Clero, libro 9.366, cuentas de abril de 1762 a abril de 1763.Fernández Menéndez, J., ‘Iglesia y monasterio de Santa María la Mayor, de Val-de-Dios’, Boletín de la Sociedad Española de Excursiones, XXVII(1919) 87-89, señala cómo cuando eliminaron los revocos que cubrían los paramentos, encontró restos de pinturas con la leyenda Reiter pinxit. Año 1782 [sic]. 126 El costado norte se adornaba con el escudo imperial y una leyenda alusiva a la fundación del monasterio; en el sur, el escudo de armas del monasterio y la fecha 1756 (Ortega Rubio, J., Los pueblos de la provincia de Valladolid, Imp. y Encuadernación del Hospicio Provincial, Valladolid (1895) 262; Alberto Gómez González, A., ‘Heráldica cisterciense hispano-lusitana’, Hidalguía, 19 (1956) 857920, en concreto 888). 127 Aún se pueden ver en el tramo oriental del presbiterio, a ambos costados, los escudos reales, mientras que de los del monasterio, situados en el tramo occidental, apenas quedan restos. 128 El lado del evangelio se decoraba con el escudo de la casa real y una leyenda alusiva a la fundación del monasterio y, probablemente en el costado opuesto, una relativa a la unión a la Observancia (Cartes, B. de., Historia de la milagrosa imagen de Nuestra Señora de Monsalud, Alcalá de Henares (1721) 101 y 163-164). 129 Navarro Talegón, J., ‘Aportaciones de la Edad Moderna’, en Moreruela: un monasterio en la historia del Císter, ed. H. Larrén Izquierdo, Consejería de Cultura y Turismo, Valladolid (2008) 298-333, en concreto 318-319. 130 García Iglesias, J.M., Pinturas murais de Galicia, Xunta de Galicia, Santiago de Compostela (1989) ficha V1. 131 Ibáñez Martínez, P.M., ‘Los frescos de la capilla real de Santa María de Huerta’, Cistercium, 188 (1992) 113-127; Id., ‘Bartolomé Matarana en el monasterio de Huerta’, Boletín del Instituto y Museo Camón Aznar, 52 (1993) 149-162; Ridaura Cumplido, C., ‘Bartolomé Matarana: perfil biográfico y artístico’, en F. Martínez Andrés y S. Vilaplana Sanchís (dirs.), Restauración de las pinturas murales del Real Colegio-Seminario de Corpus Christi de Valencia, Generalitat Valenciana, Valencia (2011) 59, 71, 73 y 75-79.

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Pero fue en Oseira donde la pintura mural se extendió también a otras zonas del templo, como el transepto y cuerpo de naves (Fig. 30). La capilla mayor fue pintada en tiempos del abad Luis Perruca (1694), mientras que el transepto se hizo en 1762. Además de escenas de la vida de san Bernardo, encontramos otros santos -cistercienses o no-, los evangelistas, ángeles, las virtudes, alegorías de los valores monásticos y diversos motivos ornamentales; las pinturas que decoraban la nave central desaparecieron durante las restauraciones de los años 70 del siglo XX132. Fig. 30. Oseira. Pinturas murales del transepto y crucero.

La renovación del mobiliario litúrgico y el Concilio de Trento Una vez acometidas las grandes obras arquitectónicas se hizo necesaria la renovación de su mobiliario litúrgico. En efecto, las iglesias de las abadías reformadas comienzan a poblarse de retablos y durante los siglos XVII y XVIII asistimos a su barroquización133. La decoración del templo, verdadero “escaparate” del monasterio, asume los principios barrocos abogando por una imagen retórica y teatral, apta para mover a la devoción, estimular la atención y enternecer la sensibilidad. Los retablos, con sus movidas arquitecturas y exuberantes labores escultóricas, sus llamativos colores y el oro que cubre la madera reverberando a la tintineante luz de lámparas y velas, los cortinajes que se abrían y cerraban en momentos determinantes de la liturgia, los espejos que adornaban los expositores, todo ello cumplía perfectamente esta misión. Junto a muros y bóvedas revestidos, como hemos visto, con pinturas o yeserías, grandes y aparatosos retablos llenan el espacio de la capilla mayor, mientras que otros no menos suntuosos adornan las capillas laterales y girolas, y se extienden igualmente a los altares situados en el transepto y pilares de las naves134. Periódicamente, si el cenobio cuenta con el suficiente peculio, se irá renovando el conjunto retablístico conforme a un programa coherente, otorgando a la decoración de la iglesia un carácter uniforme. Pero parece que en la mayoría de los casos el proceso se llevó a cabo poco a poco, lo que motivó la falta de continuidad estilística entre unos retablos y otros. En ocasiones se mantuvieron las primitivas advocaciones de culto, pero en otras se renovaron y las antiguas fueron desplazadas hacia lugares secundarios, reaprovechando cuando se pudo imágenes de bulto o relieves de los antiguos retablos. Todo para magnificar y solemnizar la liturgia. Veamos tres ejemplos. Tras la incorporación de Valbuena a la Observancia (1430) se hicieron el retablo mayor y otros tres pequeños dedicados a Santa Ana, San Sebastián y la Magdalena. En torno a 1715 Gregorio Fernández se encargaría de la realización de un nuevo retablo para la capilla mayor, y también por entonces se colocarían en los pilares centrales de las naves retablos bajo la advocación de Santa Lutgarda, San Jerónimo, Santa Inés y San 132

Monterroso Montero, J.M., Pinturas murales: monasterio de Santa María de Oseira, Diputación Provincial, Ourense (2000). Folgar de la Calle, ‘La arquitectura de los monasterios’, cit., 281 y 315; Monterroso Montero, ‘Las artes figurativas’, cit., 378; González García, ‘Reforma y reformas’, cit., 158; Id., ‘La reforma de las abadías’, cit., 181. 134 Las desamortizaciones que sufrieron los monasterios durante el primer tercio del siglo XIX contribuyeron, en muchos de los casos, a la dispersión y/o desaparición de su patrimonio mueble. Pero han sido sobre todo las restauraciones llevadas a cabo a lo largo del siglo XX las que en un pretendido y del todo absurdo afán purista de devolver a los templos de los cistercienses su fisonomía “primitiva” desplazaron hacia zonas “menos incómodas”, como los muros de las naves laterales o polvorientos desvanes, los retablos que se disponían en los transeptos y pilares de las naves. Afortunadamente algunas de estas iglesias han conservado unos pocos retablos en su ubicación original: en Oseira y Melón flanqueando el acceso a la girola; en Armenteira, Oia y Meira en los machones que separan las capillas de la cabecera; y en Montederramo, Xunqueira de Espadañedo y Valdediós en los pilares de las naves. Para otros monasterios, como Huerta, Valbuena o Sandoval, contamos con el testimonio de fotografías antiguas, y para el resto, con los inventarios realizados en las mencionadas desamortizaciones. 133

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Benito. La gran renovación se llevaría a cabo en el XVIII (Fig. 31): en los años centrales del siglo se levantó nuevo retablo mayor y otros cuatro en las embocaduras de las capillas dedicados a San Raimundo, San Roberto, Sagrada familia y Lactación de San Bernardo –reaprovechando en los dos últimos relieves de Gregorio Fernández del antiguo retablo mayor-; hacia 1760-70 están datados los correspondientes a las capillas laterales intermedias (Santiago e Inmaculada Concepción), mientras en las extremas los titulares de los retablos fueron el Santo Cristo y la Virgen de los Dolores135.

Fig. 31. Valbuena. Vista interior antes de la restauración y retablo mayor

Fig. 32. Valdediós. Interior antes de la restauración.

A finales del XVI se construyó en Valdediós el retablo mayor y otros cuatro pequeños, dos para las capillas laterales –San Bernardo y Santiago- y dos junto a la reja –San Blas y santos mártires y Santas vírgenes y mártires-. En 1668 los dos de las capillas laterales fueron sustituidos por unos dedicados a San José y a Nª Sª de la Concepción. En 1750 se erige un nuevo retablo mayor y pocos años después se renuevan los de San Bernardo y San Blas (1754-55), que mantenien sus advocaciones, reaprovechando los relieves antiguos para hacer un retablo en la sacristía. Ya ca. 1770 se hará lo mismo con los de Santiago y Santas Vírgenes, pero conservando esta vez los viejos relieves. Los de San Juan Nepomuceno y San Fernado, que compleban la lista de retablos adosados a los pilares de las naves, también datan del XVIII (Fig. 32)136. En Huerta (Fig. 28) el retablo mayor se concluye en 1766, iniciando al año siguiente la construcción de otros cuatro destinados a las capillas laterales dexando sus titulares antiguos, poniendo en cada altar quatro estatuas y también algunas medallas (San Miguel, San Pedro, San Martín de Tours y la Magdalena –de éste último sabemos que se había hecho en 1596-99); con los despojos de los primitivos se hicieron dos retablos, uno para la yglesia del Barrio. En cuanto a los retablos de las naves, Bernardo Gutiérrez (1593-1596) traxo de Roma seis quadros para los altares de los postes (que después se quitaron) y doró los retablos que tenían; estos fueron sustituidos en dos etapas: el de San Bernardo y el de la Virgen del Rosario hacia 1684-86 –ocupando los pilares más occidentales-, el del Santo Cristo (en el primer pilar del norte) ca. 1710-12 y los restantes –San Benito, San Martín de Finojosa y San Juan Bautista- pocos años más tarde (1716-17, aunque dorados tiempo después)137. 135

Arias Martínez, ‘Monasterio de Santa María de Valbuena’, cit., 26-39. García Flores, ‘Los altares-retablos’, cit., 231-232. 137 Cordón, ‘Memoria cronológica de los abades’, cit., fols. 44v, 71v, 72r, 77v, 80r, 82r, 83v y ss., 93v, 95v-96v. Por un documento conservado en el Archivo Ducal de Medinaceli (Medinaceli, Leg. 23, nº 78), sabemos que Juan Francisco de la Cerda Enríquez de Ribera, VIII Duque de Medinaceli, había encargado a Sebastián de Benavente la realización de un retablo para el altar mayor del monasterio (Sánchez González, A., La capilla mayor del monasterio de Santa María la Real de Huerta. Informe artístico a la luz de la documentación del Archivo Ducal de Medinaceli, Archivo Monasterio de Huerta, 7213, donde transcribe las condiciones para la construcción del retablo). Aunque el documento no está fechado, J. Mª Cuz Yábar estima que debió contratarse entre 1680 y 1685 (El arquitecto Sebastián de Benavente (1619-1689) y el retablo cortesano de su época, Universidad Complutense de Madrid, Ma136

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Estos cambios no fueron ajenos a la influencia del Concilio de Trento y el espíritu de la Contrarreforma138. La doctrina conciliar sobre el culto a la eucaristía (sesión XIII, 11 de octubre de 1551), influyó en el sagrario y creación del tabernáculo o manifestador para exponer la Sagrada Forma y dar así el máximo protagonismo a su culto. La enseñanza acerca de la veneración de la Virgen y de los santos y sus reliquias (sesión XXV, 3 de diciembre de 1563) y del uso de sus imágenes motivó que se hiciera de los retablos y otros muebles, como sillerías de coro, soporte de iconografía y vehículo de enseñanza139. La imagen de la Asunción, patrona de la Orden, presidirá los retablos mayores (Fig. 34), acompañada en ocasiones por los símbolos de las letanías que a ella se vinculan en sus representaciones como Inmaculada, haciendo frente a la teología protestante que minusvaloraba su papel en la obra redentora y negaba algunas de las verdades pregonadas sobre ella por la Iglesia. Junto a María se revaloriza la figura de San Bernardo en su papel de doctor y, sobre todo, de místico, plasmando diversos episodios de su vida, en especial la lactación, el abrazo de Cristo o estrechando Fig. 34. Carracedo contra su pecho los instrumentos de la Pasión (Fig. 35)140. Otros santos cisterAsunción. cienses, como los padres fundadores o las grandes místicas del Medievo -Humbelina, Gertrudis, Lutgardapoblaran los retablos. No se olvidaron tampoco de aquellos “milites Christi” que lucharon bien contra los musulmanes -Raimundo de Fitero y Diego Velázquez- o contra los herejes -Pedro de Castelnau- (Huerta, Oseira, Valdediós, Oia); en un momento en que la Iglesia está luchando de forma activa en defensa de la fe contra los protestantes, se hacía ver que aun siendo una orden contemplativa, afirmaba su carácter militante, de ahí también la presencia de las cruces de las órdenes militares como motivo decorativo /Fig. 36).

Fig. 35. Oseira. Lactación; Sacramenia. Abrazo de Cristo; Castañeda. San Bernardo y las Arma Christi.

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drid (2013) 104 y 497 -eprints.ucm.es/23414/1/T34807.pdf-). Desconocemos si llegó a materializarse. 138 La bibliografía sobre el Concilio de Trento y su repercusión en las artes es abundante. Vid., como ejemplo, el trabajo de Martínez Burgos, P., 1990: Ídolos e imágenes: la controversia del arte religioso en el siglo XVI español, Valladolid. Para el caso que tratamos, vid., además de Monterroso Montero, ‘Las artes figurativas’, cit., 383; González García, ‘La reforma de las abadías’, cit., 180-181; Morais Vallejo, Arquitectura barroca religiosa, cit., 85 y 776-779; y el trabajo de López Vázquez, J.M.B., ‘El presbiterio y el coro, la médula de la iglesia monástica benedictina: el caso de Celanova’, en Rudesindus, el legado del santo. Iglesia del Monasterio de San Salvador de Celanova, 1 de octubre-2 de diciembre, 2007, Xunta de Galicia, Santiago de Compostela (2007) 286-311. 139 Aunque referido en exclusiva a los cenobios gallegos, es esencial consultar Monterroso Montero, ‘Las artes figurativas’, cit., 383414. 140 Otras escenas queridas serán la curación del santo por la Virgen, San Lorenzo y San Benito; el sueño de Navidad; el demonio atado a la rueda del carromato; o la curación de un tullido; imágenes inspiradas en las ilustraciones incluidas en la Vita et miracula divi Bernardi Clarevalensis abbatis, editada en Roma el año 1587 bajo los auspicios de la Congregación de Castilla. La devoción al santo abad se vio favorecida además por las diversas ediciones de sus obras y por las vidas escritas por monjes de la Congregación, como José de Almonacid (1682) y Eugenio del Corral (1755). En los retablos mayores de Valbuena y Huerta, ambos del siglo XVIII, las escenas relativas al santo se limitan a dos relieves de pequeño tamaño en el banco, mientras que en el de Montederramo, también dieciochesco, solo cuenta con una escena de la vida de San Bernardo pero de gran tamaño. En cambio, en los retablos realizados en el XVI, como el de Palazuelos, o en el XVII, como los de Sandoval, Monfero y Valbuena, los episodios biográficos del abad de Clairvaux ocupaban la mayor parte de sus registros.

Fig. 36. Valdediós. San Raimundo de Fitero y Diego Velázquez. Huerta. Beato Pedro de Castelnau.

Para la teología contrarreformista, los retablos con sus imágenes estaban destinados principalmente para ayudar al pueblo llano, carente de formación, a comprender las verdades de la fe católica. Pero en un monasterio cisterciense ¿a quién estaban destinados? Aunque las comunidades atendían, como hemos visto, a los fieles seglares que o bien dependían de ellos o habitaban poblados del entorno, en realidad su presencia es puntual y restringida al espacio del sotocoro, sin acceso a otras zonas del templo y sobre todo al coro alto, en cuyas sillerías se despliegan ricos programas iconográficos con escenas bíblicas (Montederramo, Valdeiglesias), de las vidas de San Benito o San Bernardo (Meira, La Espina), imágenes de santos (Huerta, La Espina, Valdeiglesias), etc.141. El destinatario exclusivo de estos muebles era, pues, la propia comunidad monástica. Bien es cierto que la Congregación fomentó los estudios y los monasterios contaban con buenas bibliotecas, por lo que no necesitaba ser instruida en cuestiones teológicas a través de estos medios. Sin embargo, lo que se pretendía era proporcionar de manera continua a los monjes materia para la meditación y oración y ejemplos magníficos de emulación142. Reliquias y capillas relicarios Desde el Medievo, las reliquias eran el verdadero tesoro de los monasterios, de ahí el respeto y veneración con que siempre habían sido guardadas y el cuidado con que se trataban los recipientes en que se custodiaban. Éstos se realizaron con los más diversos materiales (oro, plata, madera, cristal…) adoptando formatos variados (arquetas y cofres; relicarios antropomórficos –bustos, brazos-; en forma de ostensorio, custodia, viril; de tipo arquitectónico; etc.)143. Pero el honor debido a las reliquias Fig. 37. Valbuena. Retablo de Santiago. y a la obligación de venerar los cuerpos de mártires y santos promovidos por Trento hizo que desde entonces se cuidasen enormemente. 141

Para los ejemplos castellanos, vid., Brasas, J.C.; Nieto, J.R., ‘Felipe de Espinabete: nuevas obras’, BSAA, 43(1977) 479-484; Esteban Lorente, J.F., ‘Alegorías en los monasterios cistercienses de Valdeiglesias y Huerta’, Artigrama, 1 (1984) 177-198; Rodríguez Quintana, M.I., El obrador de escultura de Rafael de León y Luis de Villoldo: un exponente de la plástica toledana en la segunda mitad del siglo XVI, Instituto Provincial de Investigaciones y Estudios Toledanos, Toledo (1991) 69-77. En cuanto a los gallegos, vid., Monterroso Montero, ‘Las artes figurativas’, cit., 415-417. 142 Monterroso Montero, ‘Las artes figurativas’, cit., 415. 143 Martín Ansón, M.L., ‘Los continentes de los sagrado. Relicarios y orfebrería en el mundo medieval’, Diversarum Rerum, 2 (2007)51-100. Sobre las reliquias y su culto entre los cistercienses, vid., de la misma autora, ‘El tesoro sagrado de los monasterios cistercienses hispanos: entre la austeridad y la opulencia’, en Monasterios cistercienses en la España medieval, coord., J.A. García de Cortázar y R. Teja Casuso, Fundación Santa María la Real, Aguilar de Campoo (2008) 181-213.

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Fig. 38. Huerta. Retablo de San Pedro.

Ya hemos comentado al hablar de las chirolas que, en algunos casos, estas estructuras sirvieron al mismo tiempo de capilla del Santísimo y de relicario. A partir del último tercio del siglo XVI se hizo muy habitual la acumulación de reliquias cuidadosamente ordenadas en armarios o altares, a modo de enormes casilleros, y que ven su culminación en los retablos relicarios del Barroco144. De ellos tenemos ejemplos en el que presidía la capilla del Cristo en Rioseco (1669)145 o el que aún se puede ver en la capilla de Santiago de Valbuena, de la 2ª mitad s. XVIII (Fig. 37). No obstante, en la zona baja de algunos retablos, bien en las casas del banco o en los pedestales de los soportes, se habilitarán también armarios para guardar estos tesoros, como sucede en el de san Pedro de Huerta (1767-1771) (Fig. 38), en el retablo mayor de ese mismo monasterio, en el que se custodian los restos de san Martín de Finojosa y del venerable Rodrigo Jiménez de Rada (1765-1767) o en el que vio Ambrosio de Morales (1572) ocupando la capilla mayor de Moreruela y que guardaba en arcas cerradas por rejas medio cuerpo de san Froilán y otras reliquias146.



Fig. 39. La Espina. Panteón de la Santa Espina.

La culminación llegará con la creación espacios anejos al templo, capillas independientes dedicadas en exclusiva a este fin, tal y como había prescrito san Carlos Borromeo en su Instrucción de la fábrica y del ajuar eclesiásticos (1577). La primera de la que tenemos noticia es el llamado Panteón del monasterio de La Espina (1633-1635). Abierto en el testero sur del transepto, presenta planta cuadrangular y se cubre con un cimborrio de ocho gajos sobre tambor octogonal (Fig. 39). En su mobiliario y decoración, que comprendía tres retablos al oriente, sur y occidente más otro en el centro, participaron también importantes artistas, pero sólo ha llegado a nuestros días el relicario de la santa espina que da nombre al monasterio.Las reliquias se distribuyeron en los altares y retablos de la siguiente manera. En el tabernáculo central, imágenes de los santos 144

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Ibáñez Fernández, J.; Criado Mainar, J., ‘El arte al servicio del culto de las reliquias. Relicarios renacentistas y barrocos en Aragón’, en Reliquias y relicarios en los archivos de la Iglesia, Memoria Ecclesiae, XXXV (2011) 97-138; Arias Martínez, M., ‘Do relicario hispano contrarreformista: reflexións sobre un protoespazo expositivo’, en En olor de santidade: relicarios de Galicia, Consellería de Cultura, Comunicación Social e Turismo, Santiago de Compostela (2004)81-93; Monterroso Montero, J.M.,‘Aproximación a una tipología. El retablo relicario en Galicia’, en El retablo: tipología, iconografía y restauración. Actas del IX Simposio hispano-portugués de Historia del Arte, Ourense, 29-30 de septiembre, 1-2 de octubre de 1999, Xunta de Galicia, Santiago de Compostela, 187-200. 145 Cadiñanos Bardeci, Monasterio cisterciense de Santa María, cit., 90. 146 Viage de Ambrosio de Morales, cit., 185.

Pedro, Pablo, Simón y Bartolomé sostenían en los cuatro ángulos un joyel con sus reliquias, mientras que el tabernáculo cobijaba la Santa Espina, el dedo de San Pedro y el Lignum Crucis. El situado al sur se dedicó a las santas vírgenes, estaba presidido por un Ecce Homo acompañado por imágenes de la Concepción, Teresa de Jesús y otras vírgenes, cada una con su reliquia; una urna cobijaba un trozo de madeja hilada por la Virgen. En el oriental, dedicado a los mártires, un Cristo resucitado presidía el conjunto, que se completaba con imágenes de los santos Vicente, Ginés, Esteban y una urna con un cilicio de San Bernardo. El occidental, dedicado a los santos confesores, estaba presidido por Cristo atado a la Columna, con imágenes de santos como Benito, Bernardo, Martín, Domingo de Guzmán, Agustín, Francisco de Asís o Ignacio de Loyola. Respecto a los maestros que participaron en su construcción, las trazas fueron dadas por Francisco de Praves, aunque serían modificadas por fray Pedro García, llevando a cabo la ejecución material el cantero Juan del Valle; también encontramos a Andrés de Solanes, escultor; Francisco de Solanes, ensamblador; Juan Lorenzo, platero; Martín de Vallejo, dorador; y a Francisco Antonio de Valderas y Reynaldo de Valdelante, pintores147.

Fig. 40. Huerta. Capilla de la Virgen del Destierro.

Más suerte ha corrido la capilla de la Virgen del Destierro, de Huerta (Figs. 40 y 41), levantada a mediados del XVIII (1748-1756) en la misma situación que la de la Espina. De planta octogonal y cubierta con una cúpula sobre tambor de la misma forma, está precedida por un pequeño vestíbulo, en su día amueblado con dos cajonerías para los vestidos y alhajas de la Virgen sobre las que se disponían sendos lienzos monumentales –aún se conserva in situ el situado a oriente, que representa a Jesús en casa de Leví-. Remata al sur en un pequeño camarín cuadrangular donde se custodiaba la imagen de la titular. Los seis lados restantes están ocupados por hornacinas con retablos que aún conservan algunos de sus relicarios. Tanto las pinturas que adornan la cúpula como los relieves que coronan cada uno de los lados del octógono muestran los símbolos de las letanías lauretanas, acompañados por el escudo de la Congregación148. También en la nueva iglesia de Carracedo (1796) se proyectó erigir una capilla relicario abierta en el testero norte del transepto dedicada a Nuestra Señora de las Abarcas y Santas Reliquias, pero no se llegó a construir más que la puerta. Con anterioridad, tanto la imagen de la Virgen como las reliquias se alojaban en la capilla de los Valcarce, que actuaba al menos desde el abadiato de Antonio de Ureña (1641-44) como relicario149. 147

‘Tumbo’, cit., fol.420r-nº723 - 421v-nº726. Ortega Rubio, Los pueblos de la provincia, cit., 140; Antón, F., Monasterios medievales de la provincia de Valladolid, 2ª ed., Santaveu, Valladolid (1942) 124, 128, 137; Gutiérrez Cuñado, A., Un rincón de Castilla: reseña histórica del Real Monasterio de Santa María de la Espina y descripción de la fundación actual “Escuelas Primaria y de Agricultura con Asilo de Huérfanos”, Madrid (1913) 77-86; Domínguez Bordona, J., ‘Artistas que trabajaron en el monasterio de la Santa Espina (Valladolid)’, Archivo Español de Arte y Arqueología, 39 (1937) 260-261; Martín González, J.J., Provincia de Valladolid, Aries, Barcelona (1968)82-85; Bustamante García, La arquitectura clasicista, cit., 479; Urrea, J., ‘Santa Lucía y 5 vírgenes mártires’, en Del olvido a la memoria VII. Patrimonio provincial restaurado, ed. J. Urrea, Junta de Castilla y León-Diputación Provincial-Arzobispado de Valladolid, Valladolid (2009) 26-29. 148 Cordón, ‘Memoria cronológica de los abades’, cit., fol.83v-86r; Aguilera y Gamboa, E., El Arzobispo D. Rodrigo Ximénez de Rada y el monasterio de Santa María de Huerta, Madrid (1908) 175-176; Polvorosa, T., Santa María la Real de Huerta, Monasterio de Santa María de Huerta, Santa María de Huerta (1963) 103-104. En la actualidad estamos realizando un estudio pormenorizado de este ámbito. 149 ‘Catálogo de los abades que an sido en este Real Monasterio de Santa María de Carracedo’, Archivo Monasterio de Poblet, mss. 178, fols. 19, 20, 29, 34, 50, 76 y 91v; cit., aunque con algunos errores, por Ortiz Espinosa, ‘Abadologio de Carracedo’, cit., passim.

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Fig. 41. Huerta. Capilla de la Virgen del Desierro. Relicarios.

Espiritualidad renovada, estética nueva Los autores que se han aproximado al arte y arquitectura de los monasterios cistercienses hispanos durante la edad moderna suelen insistir en que se produjo una transformación sustancial desde el punto de vista estético entre las nuevas creaciones y las premisas que tradicionalmente se han atribuido a las construcciones de los cistercienses. Los principios de austeridad, sobriedad, sencillez, pobreza que se veían en los primeros tiempos de la Orden habrían sido abandonados por los distintos monasterios a partir de su incorporación a la congregación castellana en pro de la riqueza, magnificencia, grandeza y monumentalidad que transformarían sus fábricas en “símbolos del poder terrenal”150. Se olvidan sin embargo estos autores, imbuidos seguramente por una visión un tanto romántica de la arquitectura de los cistercienses y habituada a contemplar templos y dependencias vacías, de que ya los enormes complejos monásticos de la segunda mitad del siglo XII poco tenían que ver con esos principios de austeridad y pobreza de los padres fundadores y, especialmente, de san Bernardo151. Desde mediados de esa centuria las restricciones iniciales al uso de imágenes en los templos, y a pesar de ser reiteradas en las sucesivas codificaciones del siglo XIII, empezaron a ser transgredidas, enriqueciendo sus altares con ricos retablos y sus paramentos con tapices o pinturas152. Por lo que se refiere al caso hispano, en 1216 ordenaba retirar las imágenes y cruces esculpidas que dicen hay en la casa de San Prudencio; en 1242 se castiga más severamente al abad de Valparaíso por haber adornado los claustros y dependencias con pinturas; y en 1251 al de Valdeiglesias por permitir que un infante de Castilla costeara las pinturas que decoraban el templo y deforman la antigua honestidad de la Orden153. Así, cuando los monjes reformadores fueron incorporando los distintos monasterios a la Observancia no se encontraron templos austeros y desornamentados, a no ser que la pobreza del lugar o la desidia de los abades comendatarios hubieran acabado con ellos. En Matallana, por ejemplo, el abad Lope de Oña había adornado la capilla mayor con un retablo riquíssimo y virtuossíssimo, en que ella [la Virgen María] estaba de 150

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Lekai, L.J., Los cistercienses: ideales y realidad, Herder, Barcelona (1987) 359-362; Vila Jato, ‘La arquitectura de los monasterios’, cit., 186; Folgar de la Calle, ‘La arquitectura de los monasterios’, cit., 281; Goy Diz, ‘El resurgir de los monasterios’, cit., 101; Id., ‘La huella de Juan’, cit., 455-456; Id., ‘La arquitectura del tardogótico’, 16; Monterroso Montero, ‘Las artes figurativas’, cit., 377-378. 151 Ha insistido en este aspecto Carrero Santamaría, ‘En torno a San Bernardo’, cit., 931-932; Id., ‘Una simplicidad arquitectónica’, cit., 117-119. 152 Vid., Norton, Ch., ‘Table of Cistercian legislation on art and architecture’, en Cistercian art and architecture in the British Isles, ed. Ch. Norton y D. Park, Cambridge University Press, Cambridge (1986) 315-393. 153 Recogen estas noticias Fernández Ladreda, C., ‘Imaginería de los monasterios cistercienses castellano-leoneses’, en Monjes y monasterios, cit., 411-422, en concreto 413; y Bango Torviso, I.G., ‘Monstruos ridículos en los claustros’, en Monjes y monasterios, cit., 445-450, en particular 448.

bulto compitiendo en hermosura y gracia con las pinturas de ella misma que en el mismo retablo estaban; además, había mandado retratarse en él con su cogulla y báculo abbacial, junto a San Andrés, patrón y abogado suyo (1443). Su sucesor, García de Villanueva de los Infantes realizó todas las bidrieras que ay en la yglesia pintadas de figuras, entre las que destacaba la situada en el cuerpo alto de la fachada occidental con la ymagen de la Reyna del cielo y de su precioso hijo (1456), más dos retablos, uno para la capilla de san Bernardo y otro para la de san Martín154. También a esta centuria, aunque ya a sus últimas décadas, corresponde una pieza labrada en granito conservada en Acibeiro en la que se representa la Última cena y cuya función original no está del todo clara155. Pero sobre todo destacan los ciclos pictóricos con que se revistieron los paramentos de algunos templos cistercienses hacia finales del siglo XV y principio del XVI. El que ocupa el hemiciclo de la capilla mayor de San Clodio, fechado en el primer tercio del XVI156, muestra en la bóveda un Juicio final (Fig. 42)157. Preside la composición Cristo juez entronizado, con las manos levantadas y el pecho descubierto para mostrar las llagas y heridas. A su derecha vemos a la Virgen María y a sus pies San Juan, ambos en calidad de intercesores. Les acompañan como asesores, a los lados, los once apóstoles, y sobre ellos seis ángeles que portan los instrumentos de la Pasión y filacterias en las que a causa del deterioro solo llegamos a leer: laus et honor sit […] deo v[est]ro […]. En la parte inferior, a la derecha de Cristo, aparecen en actitud orante y con la cabeza nimbada los justos, acompañados por un ángel que posa sus Fig. 42. San Clodio. Bóveda del hemiciclo de la capilla mayor. Juicio final. manos sobre los hombros de dos monjes blancos; en la filacteria que ondea sobre el grupo leemos una frase de Mt, 25,34: venite benediciti patris mey. En el lado opuesto y acompañados por San Miguel que sostiene la balanza para el pesaje de las almas, los pecadores encadenados; la filacteria, hoy borrosa, llevaría sin duda la leyenda: discedite a me maledicti patris mei, extraída de Mt 25,41. Los paños que quedan libres entre las ventanas están también decorados (Fig. 43). A la derecha, Cristo crucificado con San Juan y las santas mujeres a un lado y representantes del pueblo judío al otro, mientras tres ángeles recogen en cálices la sangre que cae de sus heridas. A la izquierda, el martirio de San Sebastián que como un “alter Christus”, atado a una columna, es asaeteado por unos soldados; dos ángeles enviados por Dios para confortarle descienden del cielo, uno con una filacteria y otro con la corona de la victoria158. En los extremos, junto a la columna que separa el ábside del tramo recto, encontramos a dos obispos; el de la izquierda, acompañado de un monje arrodillado lleva una filacteria en la que se lee abbas‡sci‡[…]e […]. ¿Podría tratarse de una representación del abad Rodrigo de San Xes (ca.1489-1516), obispo de Laodicea 154

Ara Gil, ‘Monasterio de Santa María de Matallana’, cit., 17; García Flores, Arquitectura de la Orden, cit. 413-414. Sánchez Ameijeiras, R., ‘Las artes figurativas en los monasterios cistercienses medievales gallegos’, en Arte del Císter en Galicia y Portugal, cit., 98-139, en especial 135-136, lo considera un retablo –tabula retro altaris-.; Fernández Cortizo, C., ‘Santa María de Acibeiro’, en Monasticón cisterciense gallego, cit., II, 151-187, en concreto 179, apunta la posibilidad de que formara parte del primitivo altar mayor; mientras Carrero Santamaría señala otras posibilidades: frontal de altar o banco de un retablo o de un baldaquino (‘Arte y liturgia’, cit., 540). Otros fragmentos pertenecientes al mismo conjunto se encuentran hoy reutilizados en el pasillo de la sala capitular. 156 Cabrita, M.T., ‘Por detrás de um retábulo: arte, memoria e culto’, en Actas del III Congreso Internacional, cit., vo.1, 599-612; Id., Análise comparativa da pintura mural de Noroeste Peninsular (Galica-Norte de Portugal, 1500-1565), tesis doctoral leída en la Universidad de Santiago de Compostela, 2012, 147 y 343-346, dspace.usc.es/bitstream/10347/7170/1/rep_341.pdf. 157 Sobre la iconografía sobre el Juicio final, vid., por ejemplo, Rodríguez Barral, P., La justicia del más allá. Iconografía en la Corona de Aragón en la Baja Edad Media, Valencia, Universitat de Valencia, 2007. 158 Sobre la iconografía de San Sebastián, vid. J. Lanzuela Hernández, ‘Una aproximación al estudio iconográfico de San Sebastián’, Studium: revista de humanidades, 12 (2006), 231-258. 155

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y, tal vez, promotor de las pinturas? De las escenas que ocupaban el cuerpo inferior del ábside -separado del anterior por una cenefa en la que se leía, a juzgar por las letras que aún son visibles, el nombre del pintor-, vemos a unos monjes que llevan una cruz a cuestas.

Fig. 43. San Clodio. Capilla mayor. Obispo con monje. Martirio de san Sebastián. Crucifixión. Obispo.

Por su parte, la iglesia de Huerta fue cubierta por completo de pinturas murales, la mayor parte con motivos geométricos y heráldicos. Los restos más importantes se localizan en los dos últimos tramos de la nave central, en la portada occidental y en las capillas de San Miguel, San Pedro y San Martín. Respecto a éstas, las que conservan más restos son las dos últimas, pudiendo reconstruirse fácilmente su decoración (Fig. 44). Tanto el frente como los costados de las capillas se cubrían, a modo de tapiz, con una red de cubos en perspectiva isométrica en tonos gris, blanco y negro adornados con una suerte de fruto gris y negro con hojitas rojas. Sobre la imposta que en el frente corre bajo la ventana se dispone, entre dos bandas en las que alternan bien triángulos rojos y negros o blancos perfilados de rojo y negros, una cenefa que imita una celosía calada a base de composiciones circulares yuxtapuestas de diseño flamígero -de color blanco perfilado en rojo y sobre fondo oscuro- y que se extiende por los costados y continua, como el resto de la decoración, por los soportes de la embocadura de la capilla y el transepto. En la capilla de San Martín los paramentos norte y sur llevan pintados además unos escudos con las armas de los Velvede, familia de Utrilla (Soria) que recibió entierro en esta capilla: un castillo, sobre una roca o peñasco, en campo azul, y una cruz plateada en campo pardo, y alrededor de la tarjeta, hay ocho aspas negras en campo blanco159. El derrame del vano se adornaba en todas ellas con una trama de cubos análoga a la que veíamos en los costados, pero ahora en tonos pardo, rosa y blanco adornados con bolitas grises y puntos negros, y remataba en la parte superior de las jambas por

Fig. 44. Huerta. Capilla de San Martín. Armas de los Velvede y de García de León. 159

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Estas armas también adornaban el retablo que presidía la capilla hasta que fue sustituido ca. 1650, como consta en la información sobre Alonso Carrillo Medrano Velvede y Camargo, pretendiente a la Orden militar de Alcántara, de mayo de 1655 (Dávila Jalón, V., Nobiliario de Soria, CSIC, Madrid (1967) I, 221-223).

una cenefa de tracería flamígera; escudos de base conopial, con árbol al natural, frutado y desarraigado en campo de plata y león empinado al tronco, completaban, uno a cada lado, el adorno del vano. Un manuscrito de mediados del siglo XVI atribuye estas armas al abad García de León (1467-1482)160. En la zona superior del cierre occidental del templo, tras la sillería del coro, pueden verse algunos restos de la retícula de cubos grises, negros y blancos que cubría el paramento, y en el intradós del arco de descarga que cobija el rosetón, además de dicha trama, se conservan grandes escudos con el árbol y el león, uno a cada lado. Las ventanas de la nave central también fueron decoradas (Fig. 45). La correspondiente al costado norte del cuarto tramo muestra en su vano cegado el escudo del león y el árbol sobre un fondo rojo y blanco con ramajes; en jambas y arcos, diseños de tracería flamígera completados con bandas de triángulos; en los fustes de las columnas cintas diagonales; y en el alfeizar ramajes, todo en Fig. 45. Huerta. Vanos del cuarto tramo de la nave central. blanco, rojo y negro. La correspondiente al flanco sur de este mismo tramo, de traza más sencilla, se adorna con dibujos de ramajes y bandas en espiga en el intradós de arcos y jambas, y de tracerías flamígera se imitación de sillares en las roscas y frente de las jambas. Finalmente, las arquivoltas de la portada occidental se policromaron con cintas, bandas de triángulos, cenefas flamígeras, estrellas y, en la rosca de la segunda, con escudos del árbol y el león sobre un fondo de ramajes. La frase que apenas se vislumbra en el intradós del vano, DOMUS MEA DOMUS ORATIONIS VOCABITUR, tomada de Mc 11,17, es de época más reciente.

Fig. 46. Huerta. Capilla de la Magdalena. Noli me tangere. 160

En el monesterio de huerta a el lumbral de la puerta de la yglesia entre dos escudos que tienen un león y un pino ay un entierro que diçe ansí: del abad viejo que dios aya / don garçia de león / es este pendón / quien adelante le pasare / téngase por buen razón / yo por este poco que hiçe / de dios abre buen galardón. Este abad fue camarero del papa julio segundo (Real Academia de la Historia (Madrid), Colección Salazar y Castro, F.40, fols. 65r-78v: Tabla de los entierros que está en el monasterio de sanctamaría de huerta de la horden de sistel (ca.1550), en concreto fol. 78v).

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Pero también han llegado a nuestros días escenas figurativas en el templo hortense. Las mejor conservadas las encontramos en la capilla de la Magdalena (Fig. 46). El derrame de la ventana está presidido por un Pantocrátor que alza los brazos y sujeta con las manos una filacteria en la que se lee: SEG[..]NA ET : VXQVE MV[...] V [...] ITAS VITA CONDITOR ALME SIDERVM –palabras estas últimas que dan comienzo al himno de vísperas del tiempo de Adviento-. Bajo esta imagen se disponen en las jambas cuatro escenas, dos a cada lado y en registros superpuestos: en la parte superior, a la izquierda vemos una Anunciación y a la derecha, dos ángeles con los instrumentos de la Pasión; en la parte inferior, a la izquierda, encontramos la aparición de Cristo resucitado a la Magdalena, mientras que en el lado opuesto vemos a Cristo camino del Calvario ayudado por Nicodemo. En el frente del muro encontramos a su vez dos escenas superpuestas y partidas por el vano. La zona superior está ocupada por las figuras de Salomón y el profeta Isaías que portan filacterias con versículos alusivos a la Virgen: SALOM[...] AB INITIO ET ANTE SECVLA–Eccl, 24,14e ISAIAS ECCE VIRGO CONCIPIET –Isaías 7,14-; una figura en el vértice, muy deteriorada, también lleva filacteria. La parte inferior presenta otra Anunciación: a la izquierda el ángel arrodillado lleva en una mano la vara de mensajero y sobre él una filacteria con las palabras de Lc 1,28 -AVE MARIA GRACIA PLE[NA]- y la mano de Dios sobre un nimbo crucífero de la que salen unos haces de luz entre los que se ve la figurilla de Jesús con la cruz al hombro dirigiéndose hacia la Virgen. Ésta, a la derecha, aparece arrodillada leyendo un libro ante un atril sobre el que hay un jarro de azucenas; por encima vuela la paloma del Espíritu Santo con nimbo crucífero y una filacteria que lleva escrito: ECCE ANCILLA DOMINI –Lc 1,38- (Fig. 47).

Fig. 47. Huerta. Capilla de la Magdalena. Anunciación.

Por debajo de la línea de imposta sobre la que se abre la ventana, encontramos tres escenas relativas a la muerte de San Benito de Nursia161: a la izquierda vemos al santo en la cama rodeado por sus monjes y recibiendo la unción de enfermos; en el trozo de imposta que se extiende sobre esta escena se alude a este pasaje con la inscripción BVE[N] FIN MECONSOLARIA; en el lado opuesto, vemos al santo recibiendo la última comunión en el oratorio, y en la imposta está escrito D[OMI]NE NO[N] SV[M] DIG[NVS] VT I[N]TRES –palabras pronunciadas durante el rito de la comunión cuyo origen está en Lc 7,6-; la escena central, cortada por un fragmento de imposta que se añadió, muestra a dos monjes a los pies y cabeza del lecho del santo (Fig. 48). Por los costados de la capilla se extiende la decoración de prado florido que sirve de fondo a la escena de la Anunciación que veíamos en el frente, y en la parte superior de la zona central encontramos de nuevo sendos escudos con el león rampante sobre un árbol. 161

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Gregorio Magno, Libro de los diálogos, libro II, cap. XXXVII.

Fig. 48. Huerta. Capilla de la Magdalena. Escenas de la vida de San Benito (Archivo Monasterio Huerta).

En el penúltimo tramo de la nave norte encontramos un san Cristobalón. Parcialmente oculto por dos retablos y cortado en altura por la bóveda del Capítulo alto o antecoro, apenas se vislumbra la imagen gigante de san Cristóbal que, siguiendo la iconografía tradicional, vadea un río apoyado en un árbol que le sirve de cayado y lleva a los hombros a Cristo niño; el ermitaño que le animó a su conversión y a que se pusiera al servicio de viajeros y peregrinos para ayudarles a cruzar el río sin puente, le guía con un farol. Como es habitual en este tipo de representaciones, su localización cerca de la puerta occidental del templo permitía su visión a los caminantes que accedían a esta zona para encomendarse al santo, como protector que era de los peregrinos y abogado contra la muerte repentina y la peste162. Finalmente, en los dos últimos tramos de la nave meridional se desarrollaba un Juicio final del que apenas quedan restos sobre el trasdós de las bóvedas que cubren estos tramos (Fig. 49). Sobre un cielo azul con nubes que descargan rayos rojos, unos ángeles con sus trompetas convocan a los muertos al juicio, tal y como se expresa en las filacterias que portan: LEVANTAOS A JUIZIO163. Junto a ellos, grandes cabezas con los carrillos hinchados y soplando fuertemente llevan en su frente escrita la palabra pestilencia164.

Fig. 49. Huerta. Nave meridional-Trascoro. Juicio Final (Albarium)

La presencia de las armas del abad García de León pintadas a lo largo de todo el templo nos hace pensar que estas pinturas fueron realizadas durante su abadiato. 162

Manzarbeitia Valle, S., “San Cristóbal”, revista Digital de Iconografía medieval, I, 1 (2009), 43-49; Id., “El mural de San Cristobalón en la iglesia de San Cebrián de Mudá”, Anales de Historia del Arte, vol. extraordinario (2010), 293-309. 163 Comentario de San Jerónimo al cap. 5 del evangelio según san Mateo: “Siempre que pienso en el día del juicio me pongo a temblar. Bien esté comiendo, bien bebiendo, bien haciendo cualquier otra cosa; siempre me parece que resuena en mis oídos aquella terrible trompeta que dice: “Levantaos muertos, venid a juicio”. 164 La peste, junto a la espada y el hambre, eran uno de los castigos con los que amenazaba y castigaba Yahvé a sus enemigos y que reaparece en el último día (Deuteronomio 32, 23-25; Jeremías 21,6.9; 24,10; 27,13; 29,18 y 44,13; Ezequiel 5,11-12; 6,11-12; 7,15; 12,16; 14,21; 28,23; 38,22; Amós 4, 10; Lucas 21, 11). Por otro lado, en las postrimerías de la Edad Media se pensaba que los vientos –a los que la iconografía presentaba como cabezas soplando con los carrillos inflados- provocados por furiosas tempestades de fuego originadas en Oriente habían traído la peste negra a Europa.

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Debemos tener en cuenta que excepto los llamamientos a la moderación de los edificios que aparecen en las Definiciones –y que tienen más que ver con cuestiones de carácter económico que estético-165, no se encuentran en los Capítulos Generales o los de Consiliarios de la Congregación condena alguna sobre este particular166. Es más, da la sensación de que no se tiene como algo contrario a la pobreza y sobriedad de la Orden el construir grandes templos y decorarlos con valiosas pinturas y esculturas167. El marco cultural, religioso, espiritual de la Edad moderna nada tiene que ver con el que vio nacer la Orden allá a finales del XI. Los cistercienses hispanos no pretendieron un retorno literal a la Regla y constituciones del Cister. Una rápida lectura de los usos redactados por Martín de Vargas nos informan ya de las llamativas innovaciones que introduce, por ejemplo, en el gobierno de la futura congregación: superiores temporales, exención de la Orden y capítulos generales autónomos, con un abad reformador a la cabeza. A estas se pueden añadir otras, como el interés por la formación de los monjes, el uso de celdas individuales, los diálogos comunitarios, traspaso de superiores de una casa a otra, dispensas de comer carne, etc. Sin renunciar a los valores tradicionales de caridad, pobreza y soledad, los monjes de la Congregación de Castilla supieron adaptarlos a las circunstancias particulares del tiempo en que vivían y trataron de vivirlos con autenticidad. De hecho, tuvo lugar entonces un renacimiento moral y un resurgir místico, unido a un ferviente estudio de las Escrituras y de los Padres, de la teología, filosofía, historia, etc., que dio muchos e importantes frutos168. El humanismo, la contrarreforma, la cultura del barroco, penetraron de forma naturaly fueron asimilados sin violencia en su espiritualidad monástica. Y lógicamente, esa espiritualidad renovada tuvo su reflejo en la arquitectura y arte de sus monasterios169. Al igual que sucedió durante los siglos XII y XIII, los cistercienses de la Congregación de Castilla echaron mano de las fórmulas constructivas del momento y no pretendieron hacer de sus monasterios un “revival” de las primitivas edificaciones de la Orden. En las Definiciones publicadas en 1633 se ordenaba que las obras que se llevaran a cabo en los monasterios debían sobre todo esmerarse en lo tocante más inmediatamente a la Iglesia y culto divino. Ahí está el porqué de esa fastuosidad en sus templos de la que venimos hablando y que podemos documentar a través del siguiente episodio. Cuando el 5 de diciembre de 1608 el capítulo conventual de Montederramo decide contratar la realización de un choro sumptuoso en la iglesia nueva que vamos acabando de edificar, la razón que esgrimió fue simplemente esta: Para mayor culto del oficio divino y servicio de Dios170.

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González García, ‘Reforma y reformas’, cit., 161. Únicamente en el capítulo celebrado en Huerta en 1498 se llama a la mesura en la altura de los edificios para que no parezcamos apartarnos de nuestra venerada Orden (vid., nota 11) y unos años más tarde, en 1519, encontramos esta referencia a las pinturas: Iten si algunas pinturas estuvieren hechas en las celdas de los religiosos, las manda quitar el Capítulo con todas las otras que fueren deshonestas y pinturas de menos religión que estuvieren por las casas de la Congregación agora en la iglesia o claustros o en otras partes (Ibídem.). 167 Lekai, Los cistercienses, cit., 206-207; González García, ‘Reforma y reformas’, cit., 162. 168 Martín, Los Bernardos, cit., 39-61 y 83-87. 169 Sobre estos aspectos es esencial consultar Monterroso Montero, ‘Las artes figurativas’, cit., 378-384. 170 Ferro Couselo, ‘Las obras del convento’, cit., 172.

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Apéndice documental [ca. 1628, octubre-1629, mayo] Memorial de fray Ángel Manrique, General Reformador, en el que especifica las obras que deben hacerse en el monasterio de Santa María de Huerta con las rentas dejadas por fray Francisco de San Bernardo. Archivo Histórico Provincial de Soria, caja 4988, doc. 6 Los 3500 reales de renta que el Padre Fr. Francisco de San Bernardo quiere dejar a monasterio de Nuestra Señora de Huerta, casa de su profesión, an de quedar para la fábrica de la iglesia del dicho monasterio y no para otra cosa y gastarse y distribuirse de esta forma En primer lugar se guarnezcan de sus réditos los lienzos todos buenos que ay en casa, en especial los 50 payses de santos de la Religión que envió de Flandes el mismo Padre Fray Francisco y sobre todo se adereçe y ensamble el San Esteban que está en el antechoro, luego el qual se prozeda a la fábrica y mejoras de la iglesia en esta manera Primeramente se faga una chirola que rebuelba sobre la capilla maior del ancho y alto que las naves laterales [al margen: como an de quedar después de peynados los estribos] rompiendo por las capillas de Sanct Pedro y su correspondiente y en dicha chirola se hagan tres capillas de buena luz en lugar de las dos que aora se quitan. Ytem, que si pareçiere conveniente al General que fuere y sancto convento se levanten las bobedas de la iglesia y cruzero un estado y medio más que están ahora subiendo tanto con la piedra dellas las paredes de pie derecho y hechando luego su cornisa bolada de piedra cañón con lunetos de ladrillo y ventanas rasgadas a ambos lados. Yten se haga un zimborro de piedra en el crucero sobre quatro pechinas y formen con los arcos un ochavo sobre el qual se heche una cornisa de piedra de alto vuelo que se ande alrededor con balaustres de piedra o de madera contrapechos de hierro y dada de azul y oro como pareçiere mejor, y luego se lebante de piedra una linterna con 8 vidrieras que todas nazcan de sobre los caballetes, divididas con seis pilastras y sobre ellas segunda cornisa resaltada con media naranja de ladrillo con refaxos que remeden a piedra y por de fuera chapitelada como los de Madrid de plomo o de pizarra. Ytem se faga un retablo en medio zírculo como va la capilla saliendo afuera la custodia y sobre él la imagen de la Virgen y por debajo y tras el altar paso a la traza que está el retablo de Monsalud. Ytem que se saque otra tribuna para el órgano mayor al otro lado y que no sea capilla entera sino arco con ygual vuelo a entrambas partes y que quede del mesmo modo el de ahora derribando la capilla y dejando valcón solo. Ytem que se lose la capilla maior de mármoles blancos y negros y se enladrille de ladrillo raspado y cortado todo el cuerpo y nabes de la iglesia. Ytem que se faga en la iglesia su portada a lo moderno de buena arquitectura hermoseando la delantera y terminándola en algún remate bueno. Ytem que se fagan para el choro vancos de respaldar de los muy buenos, grandes de tablas de tres quartas con escudos de armas de la Orden y toda la clavazón dorada.

Ytem que se faga una reja de hierro buena debajo del choro y naves collaterales.



Ytem que acabadas todas estas obras y no antes se puedan emplear los réditos en primer lugar en los 41

reparos della y de la iglesia toda y en segundo en ornamentos y plata de sacristía y no en otra cosa expresando que por ornamentos no se entiende lienzo, zera, vino ni aceite ni cosa alguna que no sea oro, plata o seda de servicio de la sacristía y iglesia desta casa. Ytem que cada quarto que se gastare en otra cosa pase al convento de Buenafuente con la carga que le pareciere al Padre fray Francisco.

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Fr. Ángel Manrique

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